Trump vs Cuba: comienza la partida

 

Donald Trump firma la orden ejecutiva que da marcha atrás a algunas de las medidas que impulsaron las relaciones Cuba- Estados Unidos. Foto: AP.

Donald Trump firma la orden ejecutiva que da marcha atrás a algunas de las medidas que impulsaron las relaciones Cuba- Estados Unidos. Foto: AP.

Frente a un auditorio que anhelaba detener el proceso de normalización de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Cuba, el 16 de junio Donald J. Trump dio apertura —con una salida fallida— a la duodécima partida de ajedrez jugada entre un presidente estadounidense y la Revolución cubana desde 1959. Mucha gente se pregunta por qué luego de casi tres años de deshielo político, un “pragmático” como Trump elige un itinerario que va contra el sentido común y ha sido ensayado sin resultados por casi 60 años; varias razones pudieran estar gravitando.
De acuerdo con Newsweek, en 1998 la empresa de este magnate neoyorkino de bienes raíces y desarrollo hotelero, entonces denominada Trump Hotels & Casino Resorts, contrató a la consultora Seven Arrows Investment and Development Corp. para explorar oportunidades de negocios en Cuba. Según se dice, en franca violación de la Ley Helms-Burton, la compañía invirtió 68 000 dólares en la incursión sin licencia del Departamento del Tesoro. Meses después, el 25 de junio de 1999, Trump proclamó en Miami un resuelto apoyo al bloqueo económico; quiso tantear sus posibilidades como candidato del partido del millonario Ross Perot y escogió como tribuna para su primer discurso la Fundación Nacional Cubano Americana. Sobra decir los improperios que dedicó a Fidel y sus insultos a Cuba en los más estridentes términos de la Guerra Fría.
En la primera etapa de la campaña que lo llevó a la Casa Blanca, Trump tomó distancia de dos de sus rivales en las primarias republicanas, los senadores de origen cubano Ted Cruz y Marco Rubio: justificó el paso dado por Obama el 17 de diciembre de 2014, y hasta evocó su aspiración de abrir un hotel en la Isla. Pero en la fase final Hillary Clinton lo aventajaba en la Florida y los expertos auguraron que no llegaría al Despacho Oval sin ganar sus 27 votos electorales; de repente, cambió el tono: “Todas las concesiones que Barack Obama ha otorgado al régimen de Castro fueron por orden ejecutiva, lo que significa que el próximo presidente puede revertirlas, y es lo que haré a menos que el régimen de Castro satisfaga nuestras demandas”, manifestó en un rally en el Knight Civic Center de Miami, ante una decrépita concurrencia que ha hecho de la contrarrevolución un gran negocio y demandaba regresar a la confrontación. En respuesta a la interrogante de un periodista, Trump sugirió que podría romper las relaciones diplomáticas o no nombrar embajador. “El acuerdo que firmó el presidente Obama es muy débil. No obtenemos nada. Los cubanos no obtienen nada, y yo haría lo que fuera necesario para conseguir un buen acuerdo”, remató (Robles, 2016).
Con su discurso xenofóbico, misógino y racista —y su llamado a “Hacer a Estados Unidos grande de nuevo”—, Trump no consiguió otro público cubano en la Florida (31% de los votantes latinos del Estado) que no fuera el de Key Biscayne, donde hallaron refugio los alabarderos del régimen de Batista y su progenie —vehementes republicanos desde que Kennedy se negó a autorizar la intervención directa de las tropas regulares del ejército yanqui en Playa Girón—, cuando manchados de sangre y con las maletas atestadas del dinero robado al erario público huyeron hacia el “paraíso” y hoy detentan el poder político del enclave. Justo antes de las elecciones le otorgaron a Trump el ¿premio? Bahía de Cochinos y le juraron fidelidad a cambio de resucitar a Cuba como neocolonia. El 8 de noviembre de 2016, empero, el 50% del voto cubano en la Florida estuvo en su contra, pese a que solo el 30% de los emigrados posteriores a 1990 concurre a las urnas, sin contar que perdió los cinco condados de mayor densidad de electores cubanos. Una de las peores jornadas para un candidato republicano en la historia de ese estado, que ganó gracias a otros sectores.
En medio de la profunda crisis del sistema neoliberal, Trump se estrenó en complejos temas internacionales que demandaron mayor atención que este pequeño archipiélago de 11 millones y medio de habitantes. Sus apócrifas críticas al neoliberalismo, del que constituye un símbolo, y el tono “nacionalista” con que atrajo a la clase media anglosajona de los estados industriales de la zona norte del Medio Oeste, afectada por los tratados de libre comercio —varias de sus promesas de campaña han sido ya desestimadas, entre ellas la cancelación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN)—, lo pusieron en la disyuntiva de mostrar su poder global, y ello incluye el incremento del presupuesto del Pentágono para el año fiscal 2017-2018 por encima de los 54 000 000 000 de dólares, decisión que le debe acarrear nuevas controversias internas porque implica recortes a otros sectores y al gasto social.
Quiso también mostrar quién está al mando: cañoneó a Siria, arrojó en Afganistán la madre de todas las bombas y amenazó a Corea del Norte con un ataque nuclear; luego se retiró del Acuerdo de París sobre el cambio climático, respondiendo a una demanda de las transnacionales del sector energético y a la condición impuesta por los fabricantes de autos Ford, General Motors y Fiat Chrysler para regresar sus fábricas al territorio de Estados Unidos. A este lado del Atlántico, se sumó a la cruzada del capital financiero para llevar la derecha neofascista latinoamericana al poder, objetivo conseguido en Argentina y Brasil, y que hoy puja por Venezuela instigando a la violencia interna, mientras a través de la OEA espera legitimar una intervención militar en ese hermano país.
De Cuba Trump casi no hablaba, aunque al fallecer Fidel emitió declaraciones ofensivas en el momento de más profundo dolor. Presa del odio visceral del segmento con que comparte afinidades dentro del enclave de Miami, el 26 de noviembre de 2016 se manifestó como el energúmeno que es, sin el menor atisbo de ética: “Hoy, el mundo marca el fallecimiento de un brutal dictador que oprimió a su propio pueblo por cerca de seis décadas” (Trump, 26 de noviembre de 2016), mientras una multitud compacta a lo largo de la Isla acompañaba a Fidel en su invicto regreso a la Ciudad Héroe. Con posterioridad, en medio de las exequias, desde la red social Twitter amenazó con liquidar el proceso de normalización de las relaciones.
Quienes en Estados Unidos miraban con preocupación el destino de la orden presidencial firmada por Barack Obama para regular lo avanzado en el mejoramiento de las relaciones bilaterales, quedaron preocupados con el nombramiento como director de la CIA de Mike Pompeo, quien tras titularse en la Academia de West Point patrulló el “Telón de Acero” hasta la caída del Muro de Berlín. Miembro del Tea Party, este remanente de la Guerra Fría tendrá un papel protagónico en la revisión de los programas subversivos contra Cuba y es un enemigo acérrimo de la devolución del territorio ilegalmente ocupado por la base naval en Guantánamo. Otros personajes ultra reaccionarios de menor rango como Mauricio Claver-Clarone, Yleem Poblette, John Barsa, Mercedes Viana Schlaap y Carlos E. Díaz Rosillo —relacionados con la mafia de Miami—, completaron un cuadro que permitió entrever el curso de los acontecimientos.
Una cena privada, en febrero, del presidente y la primera dama con el senador Marco Rubio y su esposa, selló la alianza. En una conferencia de prensa posterior, Trump reveló que tuvieron una muy buena discusión sobre Cuba y concordaban en las ideas. Dos días después, el vicepresidente Mike Pence se reunió a puertas cerradas con Ileana Ros-Lehtinen y Mario Díaz Balart, con quienes compartió escaño y posiciones políticas en la Cámara de Representantes. Desde su candidatura Trump se propuso desmontar el Obamacare, calificado por el magnate como “total y absoluto desastre”. Ya en la presidencia, la contienda en el Capitolio se tornó compleja y Díaz-Balart aceptó votar en marzo a favor de la iniciativa de ley promovida por la administración para derogar el programa gubernamental que amplió la cobertura sanitaria a 20 millones de personas, y arrastró consigo a Carlos Curbelo, quien se había proyectado contra el mandatario en las presidenciales de noviembre.
Estos pasos fueron dados en medio de la investigación del FBI por la supuesta interferencia de Rusia en las elecciones para beneficiar a Trump, una amenaza letal a su permanencia en el Despacho Oval. Los dos epicentros del caso son Michael Flynn, quien debió dimitir como Asesor de Seguridad Nacional por mentir sobre sus conversaciones con el embajador ruso en Washington, y Paul Manafort, director de la campaña electoral de Trump hasta agosto de 2016, cuando fueron destapados sus negocios con empresarios rusos y ucranianos. El presidente conversó sobre este caso con el entonces director del FBI, James Comey, nueve veces en el transcurso de cuatro meses antes del abrupto despido de Comey el pasado 9 de mayo —según este, por negarse a dejar de lado la investigación. Cuando el 25 de mayo el FBI incluyó en las pesquisas al multimillonario Jared Kushner, yerno del presidente y uno de sus asesores más cercanos, el caso entró en una nueva fase de consecuencias inciertas y elevada carga política.
Entretanto, avanzaban las negociaciones sobre Cuba. Los primeros borradores evaluados incluían medidas tan severas como cortar los lazos diplomáticos o regresarla a la lista de países patrocinadores del terrorismo. De acuerdo con The Hill, importante periódico político en Washington, en una reunión de alto nivel del Consejo de Seguridad Nacional celebrada en mayo, llegó a considerarse la posibilidad de emitir un ultimátum de “todo o nada” al gobierno cubano si no adoptaba los condicionamientos exigidos por la Casa Blanca.
Durante el proceso de revisión se produjeron fuertes contradicciones entre los extremistas anticubanos y las agencias gubernamentales. Pero prevaleció la cordura: una postura intransigente perjudicaba a las compañías norteñas beneficiadas con la apertura, dañaba los objetivos estadounidenses en América Latina y ponía en peligro la colaboración con Cuba en materia de seguridad nacional. Y durante esos primeros cinco meses del año congresistas de los dos partidos en ambas cámaras, medios de la prensa, empresarios, agricultores y militares de alto rango retirados se habían estado pronunciando por dar continuidad al estrechamiento de los vínculos bilaterales, lo que sin duda influyó para que no se revirtiera lo alcanzado.
Al personal de la Casa Blanca y el Consejo de Seguridad Nacional no le quedó otro remedio que echar mano a un proyecto de ley que había presentado Marco Rubio al Senado, en junio de 2015, para prohibir las transacciones económicas, financieras y comerciales de las empresas estadounidenses con entidades cubanas gestionadas por las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior; Diaz-Balart intentó colarlo en la Cámara de Representantes durante 2016, pero tampoco consiguió nada.
Para Trump resulta vital el papel de los congresistas de origen cubano en el Capitolio, donde se ha llegado a hablar en voz alta de impeachment (juicio político). El preferido del momento es Rubio, quien ha votado a favor de todas las iniciativas del presidente, y como miembro del Comité de Inteligencia del Senado lo defendió cuando James Comey fue convocado a esa instancia el 8 de junio. Trump acusa a Comey de traicionar su confianza, por filtrar sus conversaciones a The New York Times; pero en realidad el exdirector del FBI era una espina atravesada en su garganta desde que absolvió a Hillary Clinton por destrucción de evidencias previo a las presidenciales de noviembre.
Analistas señalan que Rubio cambió la integridad del país por la promesa de un cambio de política hacia Cuba, lo que se puso de manifiesto en cómo varió el tono condenatorio contra el presidente luego de su decisiva asistencia en la publicitada audiencia de Comey, cuando el senador cubano consiguió que perdiera fuerza el cargo de obstrucción a la justicia. El equipo de Trump intenta sembrar como matriz de opinión que el exdirector del FBI coopera con los demócratas para desbancarlo; no obstante, las preocupaciones de la Casa Blanca no desaparecen. Un sondeo vía telefónica de la cadena CBS, realizado del 15 al 18 de junio pasados entre 1 117 adultos seleccionados de manera aleatoria en toda la Unión, arrojó que el 39% piensa que el caso constituye un asunto crítico de seguridad nacional; el 57% cree en los testimonios de James Comey, contra el 31% a favor del mandatario. La encuesta mostró que la mayoría está a favor de que la investigación llegue a fondo: 81% se declaró en contra de la idea de detenerla; 15% prefiere desestimarla.
A cinco meses de la toma de posesión de Trump, nada de lo esencial que llevó al legislativo ha sido aprobado; los escándalos y contradicciones internas le impiden hallar consenso en el seno del Partido Republicano; con solo un 34% de aceptación en junio, batió el récord de más baja popularidad en la historia de Estados Unidos en etapa similar; el FBI y la prensa no lo dejan dormir tranquilo.
Bajo estas presiones llegó al teatro Manuel Artime Buesa de Miami, en la “icónica” Pequeña Habana. Con motivo de la conmemoración en Estados Unidos del 20 de mayo de 1902, que marca el nacimiento de la República neocolonial, ya había vuelto a recitar un rosario de sandeces, incluida la mención a José Martí en términos manipuladores —como si los cubanos no conociéramos su raigal antimperialismo—, y recordó su compromiso con el cambio de régimen en la Isla. Frente a un reducido auditorio, el 16 de junio su presencia adquirió fuerza de símbolo. Artime, burgués incorporado al Ejército Rebelde en diciembre de 1958, vinculado al también traidor Hubert Matos y agente de la CIA hasta que la embajada yanqui lo sacó clandestinamente de La Habana para evitar su detención, formó parte de la Junta Política seleccionada por la Administración Kennedy para conformar el “gobierno” que solicitaría la intervención directa del Ejército de Estados Unidos si el contingente mercenario organizado, armado y entrenado por la CIA y el Pentágono, tomaba una cabeza de playa en bahía de Cochinos.
Rodeado de politiqueros, esbirros y mercenarios, Trump pronunció un discurso plagado de amenazas, mentiras, incoherencias, falsas acusaciones y condicionamientos. Una pieza anticomunista al más rancio estilo de los tiempos de la confrontación abierta con la Revolución cubana durante la Guerra Fría. Manejó a los presentes como marionetas y, para exaltar sus ánimos hasta el paroxismo, rememoró Playa Girón, la Crisis de Octubre, la operación Peter Pan y el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate; mientras, un grupo de terroristas multipremiados deliraban de entusiasmo cuando les celebraba su “espíritu de aventura”. Como expresó el canciller Bruno Rodríguez a una cadena de prensa internacional, en su alocución el presidente estadounidense culpó a Cuba de lo humano y lo divino.
De todos los que se concentraron en el teatro Manuel Artime, ninguno llevó una bandera cubana. “¡USA!, ¡USA!, ¡USA!” —clamaban agitando banderitas de Estados Unidos en aquella función circense. Y en las postrimerías del acto, hombres y mujeres con la mano derecha en el pecho escucharon conmocionados una versión de The Star Spangled Banner mal tocada por un violinista mediocre, cuyo mérito —en correspondencia con lo anunciado por el mismísimo Trump— es ser hijo de Benigno Haza, esbirro que participó junto a José María Salas Cañizares en el asesinato de Frank País, Raúl Pujol y otros jóvenes santiagueros durante la tiranía de Batista. Fuimos testigos de un hecho incontrastable: la fauna jurásica de Miami y los nuevos delincuentes-mercenarios que se le han sumado, abogan por una Cuba yanqui añadida como una estrella más a su blasón.
Trump le echó mano a la retórica gastada que impera en Washington desde 1959 —con breves períodos de alternancia durante las administraciones Carter y Obama—, para derogar la Directiva Presidencial de Política sancionada por su predecesor el 14 de octubre de 2016 —no llegó a un año—, a la que calificó de terrible y equivocada. De un plumazo rompió el guion que regía los pasos de la burocracia federal respecto a Cuba, razón de las reiteradas críticas de Marco Rubio y Mario Díaz Balart, y tiró por tierra los esfuerzos realizados a ambos lados del estrecho de la Florida por avanzar en un curso inédito, de mayor realismo y complejidad, que condujo al mejoramiento sustantivo de las relaciones bilaterales.
La PPD-43 (directiva derogada) tenía un carácter injerencista. Obama interpretó los cambios promovidos por el gobierno cubano en función de perfeccionar el modelo socioeconómico y su aparato institucional, como oportunidades para hacer avanzar los arcaicos intereses hegemónicos de Estados Unidos. Y en la consecución de ese propósito, implementó un programa de cambio de régimen que apostaba al mejoramiento de las comunicaciones y el acceso de la Isla a Internet —bajo control de las transnacionales estadounidenses—, con la manipulación del denominado intercambio “pueblo a pueblo”, mientras se intentaba formar y estructurar un segmento neoplattista dentro de los sectores académico e intelectual, y se maquinaba el crecimiento como clase media y posible aliado táctico de un empresariado privado, dos ejes esenciales del Caballo de Troya que se buscaba plantar en el seno de la Revolución para socavar su ordenamiento político, económico y social.
Pese a ello, por primera vez un documento oficial de la Casa Blanca reconocía la independencia, soberanía y autodeterminación de Cuba, así como la legitimidad de su gobierno, al tiempo que conceptuaba el bloqueo económico, comercial y financiero contra la Isla como una herramienta obsoleta, y abogaba por una mayor interconexión económica que diera acceso a las compañías estadounidenses a los mercados cubanos. En especial, la PPD-43 instituyó los acuerdos no vinculantes alcanzados —en un clima de respeto e igualdad de condiciones— por la Comisión Bilateral que trabajó en temas medioambientales, áreas marinas protegidas, salud pública e investigación biomédica, agricultura, hidrografía, enfrentamiento al narcotráfico, seguridad de los viajes y el comercio, aviación civil y transporte directo de correo, cuyos resultados llenaron de optimismo al más escéptico de los analistas políticos.
Entre expresiones apocadas y saludos caricaturescos, Trump anunció su resuelta decisión de limitar “el dinero estadounidense que fluye hacia los servicios militares, de seguridad y de inteligencia” cubanos, lo que en la hoja informativa de la Oficina del Secretario de Prensa de la Casa Blanca se tradujo en que la “nueva política direcciona las actividades económicas alejándolas del monopolio militar cubano, el Grupo de Administración Empresarial (GAESA), incluyendo la mayoría de transacciones relacionadas con viajes, a la vez que permite a personas y entidades estadounidenses desarrollar vínculos económicos con el sector privado y de empresas pequeñas en Cuba”.
Con una intención de mayor alcance, atacó la política de Obama sobre un presupuesto que la maquinaria mediática anticubana y grandes medios de la prensa estadounidense intentan presentar desde siempre como imagen de Cuba: una sociedad supuestamente bajo control militar —manipulación con la que pretenden fragmentar el alma nacional e injuriar al liderazgo de la Revolución—, lo que asombra en el presidente de una nación que controla el 32% del mercado mundial de armas y se aboca a una nueva carrera armamentista.
Trump no hizo más que dar una vuelta de rosca al bloqueo, aprovechando el efecto que sus dotes histriónicas provocan entre los fans de sus proyecciones fascistas. Para quienes no conocen a Cuba, dos precisiones necesarias: en la Isla los grandes medios de producción y los servicios están en manos del Estado, y en ese esquema GAESA participa en la administración de una rama del sector turístico y de una cadena de tiendas con gestión eficiente, al servicio de nuestro pueblo; la otra —debe ser consecuencia de mi pobre imaginación—, no consigo representarme a las compañías transnacionales que detentan el poder económico en Estados Unidos —y en el planeta—, en la búsqueda de nuevas oportunidades con cafeterías, restaurantes o pequeños negocios en manos privadas, o con el esquema de cooperativas. Es, simplemente, un espejismo, una manera ridícula de distorsionar la realidad de un país cuyo modelo socioeconómico cuenta con el respaldo mayoritario de su gente.
Según lo publicado por la OFAC, cualquier compromiso que incluya “transacciones directas con entidades relacionadas con los servicios militares, de inteligencia o de seguridad cubanos que puedan estar afectados por la nueva política de Cuba se permitirán, siempre que esos compromisos comerciales estuvieran en vigor antes de la emisión de las próximas regulaciones”. Resulta lógica esta aclaración: Washington no cuenta con el capital político para ir por más; sin embargo, detrás de la arrogancia de Trump está la evidente intención de enrarecer el marco político de las relaciones bilaterales y ello quizás tenga un efecto disuasivo en empresas de Estados Unidos que han expresado interés en promover inversiones directas en Cuba; en el orden internacional, igualmente pudiera espantar a compañías de terceros países que se disponían a aprovechar las oportunidades que ofrece la nueva ley de inversión extranjera de la Isla.
La otra medida de peso es la prohibición de los “viajes individuales autodirigidos” —como los calificó la Oficina del Secretario de Prensa de la Casa Blanca— a Cuba por ciudadanos estadounidenses.
Trump hizo énfasis en que los beneficios del turismo fluyen directamente a las fuerzas militares y eso va contra sus aspiraciones de expandir el sector privado. Cuba es el único país del planeta al que los estadounidenses no pueden viajar con libertad, prohibición dispuesta en un apéndice de la Ley Helms-Burton. Al flexibilizarse las restricciones de viaje por parte de la Administración Obama, las visitas se dispararon de 161 233 en 2015 —suma que no incluye los cubanos residentes en Estados Unidos— a 284 937 en 2016; en los primeros cinco meses de 2017 totalizaron 284 565, comportamiento que apuntaba a duplicar la cifra antes de finalizar el año. En correspondencia con tal crecimiento, el 19 de junio Taleb Rifai, director de la Organización Mundial del Turismo, aseguró que en una dinámica que alcanza los 4 000 000 de visitantes —con un incremento de un millón en solo un lustro—, la nueva decisión de Washington tendrá un impacto limitado en el desarrollo turístico de la Isla y afectará sustancialmente la economía y empleos de Estados Unidos, pues muchas de sus compañías han comenzado a invertir y hacer negocios con Cuba en vistas de su enorme potencial en el ramo.
Otra cosa que no dijo Trump entre tanta diatriba enfebrecida, es que los “viajes individuales autodirigidos” que suspendió, son en su casi generalidad organizados por Airbnb, compañía con sede en California, líder mundial en conectar propietarios de viviendas con personas que buscan alojamientos turísticos; ¿su emblema?: “Reserva alojamientos únicos y descubre cada destino como un habitante más”.
Con presencia en 192 países y oficina en Miami para América Latina, desde su constitución en 2008 ha hospedado a 60 000 000 de personas. En un informe divulgado el 5 de junio por Hosteltur Caribe (portal digital líder en español de noticias de turismo), Airbnb refiere que su comunidad nació en Cuba en abril de 2015 y hoy es su destino más dinámico, con solicitudes repartidas por 70 ciudades y pueblos de la Isla. Como resultado de su gestión, alrededor de 70 000 estadounidenses llega cada mes y el precio promedio por reserva es de 164 dólares. De acuerdo con sus cifras, gracias a los 560 000 turistas operados en estos dos años los propietarios de las 22 000 casas cubanas incluidas en su plataforma (13 000 en La Habana) han ganado unos 40 000 000 de dólares.
La Habana tiene más alojamientos Airbnb que Austin, Houston, San Francisco, Boston, San Diego y Chicago, y la demanda no para de crecer. En lo que va de 2017, Cuba es el noveno país más popular en Airbnb para los turistas estadounidenses, por delante de Australia, Alemania, Holanda y Tailandia, entre otros destinos. Concluye el informe que como los huéspedes gastan en barrios cercanos a su alojamiento, Airbnb también sirve de ayuda a una amplia gama de pequeños negocios como los restaurantes particulares y los talleres de artistas (Hosteltur Caribe, 2017).
En esta área una reacción inmediata contra la decisión de Trump vino del republicano Jeff Flake, quien junto al demócrata Patrick Leahy reintrodujo en el senado el proyecto de ley «Libertad para Viajar a Cuba», que, presentado en 2015 por ocho legisladores republicanos y demócratas, nunca llegó a votarse. Cuenta ahora con 54 copatrocinadores de ambos partidos y Flake piensa que en la Cámara Alta sería aprobado por unos 70 legisladores.
¿Qué hay, entonces, detrás de la medida? Expertos coinciden en que la mayoría de los estadounidenses que viajan a la Isla regresan a sus hogares con mayor respeto por la historia cubana y superior comprensión de los desafíos que afronta su sociedad. Y ello, por supuesto, incluye la toma de conciencia acerca de la ilegitimidad del bloqueo económico y su carácter genocida. Una política beligerante se hace insostenible frente al incremento del intercambio entre nuestros dos países, pues en la medida en que la opinión publica norteña se adentra en el conocimiento de la realidad insular —signada por aciertos y desaciertos, como en todas partes, pero marcada por valores en peligro de extinción global como tranquilidad ciudadana, justicia social, solidaridad e internacionalismo, entre otros—, se derrumba la torre levantada por una maquinaria anticubana feroz, sostenida con fondos del gobierno federal destinados a alimentar la envejecida industria de la contrarrevolución.
Por esta razón los “viajes individuales autodirigidos” constituyen la primera víctima de Trump. Como declaró en una conferencia de prensa un funcionario de su administración: los viajes independientes son “una categoría fácil de abusar” (Santiago, 2017). Les resulta difícil enfrentar a una nación consciente de su destino, que desconoce el odio. Más allá de errores e influencias inevitables —causa de dificultades y retrocesos—, el arraigo en las bases populares cubanas de la ética y la cultura de la Revolución hacen de este archipiélago un bastión identitario, eje esencial de legitimación de su socialismo, y un símbolo paradigmático frente a la ideología neoliberal.
Más adelante podrían intentar también cargar contra las actividades académicas y culturales, sobre todo contra estas últimas; las que más temen. Uno de los invitados de Trump, el delincuente-mercenario Jorge Luis García (Antúnez), tras acabarse el show calificó el fecundo intercambio cultural entre los dos países de “vergonzoso”, sin que ninguno de los concurrentes o de sus partidarios le saliera al paso; de hecho, Antonio Rodiles y Rosa María Payá, aferrados a los jirones de la Brigada 2506, invocaban a gritos la Ley Helms-Burton. Un reconocido intelectual-mercenario que no participó en el espectáculo: Antonio José Ponte Mirabal, salió luego con suma sutileza en defensa del presidente de Estados Unidos y, para garantizar “objetividad”, calificó la nueva política con el eufemístico término de “problemática”.
Con la comunidad cubana en Estados Unidos, Trump prefirió no enfrentarse durante el discurso. De acuerdo con las últimas encuestas, el 63% de los cubanos residentes en ese país están a favor de eliminar el bloqueo y el 69% de normalizar las relaciones con su patria; no obstante, amplió la categoría de “funcionarios prohibidos del gobierno de Cuba” en la sección III-D del “Memorándum Presidencial para el Fortalecimiento de la Política de Estados Unidos hacia Cuba”, esperando inhibir el envío de remesas por parte de sus familiares.
Algo se puso de manifiesto: ya no es como antes. No hicieron más porque no pudieron; las presiones de amplios sectores dentro de la sociedad estadounidense no se lo permiten. Se mantienen las embajadas en La Habana y Washington; las categorías de licencias generales para viajes en grupos (12); los vuelos comerciales, los cruceros y el correo postal; el envío de remesas familiares; las exportaciones agrícolas a Cuba; la salida de la nación caribeña de la lista de países terroristas del Departamento de Estado y el fin de la política de “pies secos-pies mojados”, que durante más de veinte años otorgó un trato absurdo y preferencial a los emigrantes cubanos; tampoco se pudo pronunciar sobre ninguno de los 22 acuerdos firmados.
Quedó claro, sin embargo, que Trump comenzó a desmontar por piezas el puente tendido por su predecesor. No tiene apuros. Hombre de negocios al fin, sabe que debe avanzar centímetro a centímetro para derrotar la popular PPD-43. Vendrá próximamente sobre la lista de países patrocinadores del terrorismo —lo dejó caer en su intervención— y también sobre la dedicada al tráfico de personas. No escatimó señales para anunciar que incrementará hasta el máximo el foco de tensión en las relaciones bilaterales, aunque habremos de esperar, para precisar el alcance y profundidad de sus amenazas, a que publiquen las regulaciones con las que se instrumentarán las medidas.
Una vez más en la Casa Blanca se aprecia a la mayor de las Antillas como un asunto de política doméstica. Los nuevos inquilinos han frenado la dinámica constructiva experimentada entre nuestros dos países durante el proceso de acercamiento, para premiar a un decadente electorado en la Florida; lo sucedido constituye el inicio de una escalada que pudiera llevar los nexos bilaterales a punto muerto, sin renunciar a las relaciones diplomáticas. Nadie está en capacidad de pronosticar si esta administración podrá ser tenida en cuenta por Cuba como interlocutor válido. Habrá que observar. La proyección anunciada de concesiones/recompensa hace recordar la vetusta fórmula intervencionista de Teddy Roosevelt que en nuestra región se conoce como “el garrote y la zanahoria”, inventada para garantizar el control de sus intereses geopolíticos en América Latina.
Mientras escuchaba con vergüenza al desafinado violinista, imaginé la indignación de los revolucionarios cubanos cuando se izó la bandera de Estados Unidos en el Palacio de los Capitanes Generales, el 1.º de enero de 1899, fecha oficial de su intervención en Cuba como colofón de su intromisión en nuestra guerra de independencia contra España, en el instante en que la victoria mambisa era solo cuestión de tiempo. Casi cinco años después, el 10 de diciembre de 1903, en un acto de similar solemnidad, el pabellón estadounidense se elevó sobre el cielo de Playa del Este, en la bahía de Guantánamo, para apropiarse —gracias a la Enmienda Platt— de una parte, de nuestro suelo que aún ocupan ilegalmente.
Para los “centristas” —identificados con el término dado el descrédito de la socialdemocracia— que hablan de «socialismo democrático» para sembrar en el imaginario popular la idea de que el nuestro no lo es, lo acontecido en el teatro Manuel Artime constituye una enseñanza, sobre todo para quienes —quizás por ingenuidad— aspiran a un capitalismo tropical de corte keynesiano a 90 millas de Estados Unidos, cuando la teoría de este economista británico se estudia desde el enfoque neoliberal como Historia Antigua en prácticamente todas la universidades del mundo. En buen cubano: los neoplattistas quedaron colgados de la brocha. A Trump le resultan indiferentes; demasiado blandos, demasiado inconsecuentes. No les queda otro remedio que esperar agazapados mejores tiempos; mientras tanto, intentarán superar su rating intelectual.
Cierro con las notas que publiqué en mi modesto muro de Facebook cuando concluyó el acto miamense, compartidas por unos doscientos amigos internautas de las redes sociales:
Show circense, espectáculo demencial: ¿cubanos? en Miami conmocionados ante el himno de Estados Unidos frente a su presidente, el emperador Donald J. Trump, tras sus beligerantes anuncios de última hora. Desde la Cuba de Céspedes, Maceo, Martí y Fidel les respondemos: la bandera sigue en alto, la patria está viva. Salve César, los que van a morir te saludan.
Bibliografía
 
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Santiago, Fabiola (2017): «La política de ‘boca para fuera’ de Trump hacia Cuba», El Nuevo Herald (Miami), 20 de junio. Disponible en:http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/fabiola-santiago-es/article157058554.html#storylink=cpy (Consultado: 20.6.2017).
 
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(2017): «Discurso sobre la política de Estados Unidos para Cuba», Teatro Manuel Artime, Miami, Florida, 16 de junio. Disponible en:
https://cu.usembassy.gov/es/discurso-del-presidente-trump-sobre-la-politica-de-estados-unidos-para-cuba/ (Consultado: 20.6.2017).
(Tomado de La Jiribilla)

La barbarie batistiana de Bonifacio Haza

El presidente de los Estados Unidos Donald Trump en su anuncio de acciones contra Cuba ante batistianos y terroristas reunidos en el teatro Manuel Artime dela ciudad de Miami evoco un padre ejecutado por los revolucionarios, y a su hijo violinista quien ofreció una desafinada versión del himno estadounidense.

Lo que nunca dijo el presidente norteamericano es que el padre del violinista, el comandante de la policía batistiana Bonifacio Haza Grasso, fue culpable del asesinato de luchadores revolucionarios como los hermanos Frank y Josué País García así como Fernando Proll Céspedes, este último detenido el primero de junio de 1958 en casa de su madre donde residía en el Reparto Chicharrones de la ciudad de Santiago de Cuba. Fue tiroteado dejándolo por muerto como los tiros los recibió en la ingle, recobro el conocimiento incorporándose y cayendo de nuevo desmayado por la hemorragia interna.

Según el coronel de la reserva Eduardo Blas Yasells Ferrer, combatiente de la lucha clandestina y Premio Nacional de Periodismo José Martí los esbirros fueron a la funeraria y ordenaron recoger el cadáver, cuando Rivas dueño de la de la funeraria con la caja cuentan que Fernando estaba vivo y lo remataron por orden del comandante Bonifacio Haza Grasso. Al morir contaba con 19 años de edad dejando un hijo de dos meses de nacido.

Bonifacio Haza Grasso, como jefe de la policía batistiana en Santiago de Cuba a mediados de abril de 1956 había reprimido a un grupo de estudiantes, que antes la Audiencia pedían la libertad de sus compañeros juzgados. El 20 de abril del propio año 1956 caían heridos los jóvenes revolucionarios Carlos Díaz y Orlando Carvajal. Recluidos en un hospital fueron sacados y conducidos ante un grupo de esbirros, entre ellos Bonifacio Haza Grasso. Y los dos jóvenes fueron asesinados, luego de bárbaras torturas, entre estas aplicación de alcohol puro en las heridas y pinchazos con punzones.

En los primeros días de enero de 1959 en Santiago de cuba se dio a conocer en la prensa los rostros o cadáveres de hombres ,mujeres , jóvenes casi niños, asesinados por la tiranía batistiana en esta ciudad ,donde uno de los criminales , era el comandante Bonifacio haza Grasso ,padre del violinista que exalto Trump.

Bonifacio Haza Grasso, fue juzgado por un tribunal revolucionario y pago por sus crímenes. Fue fusilado junto a otros connotados asesinos.

El presidente Donald Trump sigue la tradición de sus antecesores en fabricar supuestos héroes cubanos, y de escoger las peores materias primas. Bonifacio Haza Grasso es un claro ejemplo de ese fracaso de la política norteamericana hacia la isla.

El padre del violinista que Trump exaltó fue uno de los asesinos de Frank País

Frank recibió 22 balazos a sangre fría. Los esbirros colocaron la pistola junto a su cuerpo para que pareciera que se había resistido.

Usando las técnicas del storytelling tan caras al marketing político estadounidense, Donald Trump convirtió ayer en Miami a Luis Haza en todo un héroe de la historia y del violín.
El administrador del imperio quizo mover corazones, en su anuncio de su errada política hacia Cuba, evocando un padre ejecutado por los revolucionarios y un hijo que se enfrentó al “régimen” tocando el “The Star Spangled Banner” . Aquel muchacho, dijo Trump, hoy es un renombrado músico en las tierras del Norte, de la “libertad”. El “heroico” Luis respondió a su exaltación ejecutando una horrenda y desafinada versión del himno estadounidense, en clara muestra de la Patria que defienden los reunidos en ese Teatro Manuel Artime.
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Lo que nunca dijo Mr. Trump, es que el padre de Luis, Bonifacio Haza, fue uno de los asesinos del joven líder revolucionario Frank País García, el más heroico y destacado combatiente de Santiago de Cuba, de cuyo crimen se cumplen ahora 60 años.
Los hijos no son culpables de la actuación de sus padres; pero sí la asumen cuando comulgan y blazonan con ella. A esa “Cuba Libre” jamás volveremos.

Cubadebate los invita a leer este testimonio sobre la muerte de Frank, realizado por el Contralmirante (R) José Luis Cuza Téllez de Girón, su amigo en la lucha revolucionaria, que publicamos hace un tiempo en este sitio:

En exclusiva para Cubadebate, el Contralmirante (R) José Luis Cuza Téllez de Girón, compañero de Frank País, comparte este testimonio excepcional sobre los acontecimientos que conducirían al asesinato del líder del Movimiento 26 de Julio, en Santiago de Cuba, el 30 de julio de 1957, y que él vivió de primera mano. El contralmirante Cuza fue Capitán del Ejercito Rebelde, Jefe de la Compañía B “Pedro Sotto Alba”, de la Columna 19 “José Tey”, en el Segundo Frente Oriental “Frank País”.

Show anexionista en Miami

Por Juan Fernández López
Un discurso anticomunista que recordó los peores libretos de la guerra fría, con manipulaciones históricas de todo tipo y mentiras mal fabricadas, propias para un auditorio de viejos provocadores, terroristas, mercenarios y políticos ultraderechistas del actual gobierno, se encargó de presentar ante el mundo la desatinada decisión del mal asesorado Donald Trump de dar marcha atrás al proceso de normalización de relaciones con Cuba y retomar la fórmula de la coerción, el bloqueo, la presión política y el chantaje para en “corto tiempo” tratar de derrocar a la Revolución.
No hubo tapujos y después de encender los ánimos del auditorio, el representante anticubano Mario Díaz Balart; le sucedieron las promesas de Marco Rubio de destrozar la revolución en seis meses o seis años (un comentarista miamense apuntó que seis décadas con estos métodos fueron insuficientes); una consigna degradante del vicepresidente Mike Pence, lo ratificó en su ultraconservadora postura y como un acérrimo anticubano; una intervención del gobernador floridano que pasó inadvertida y no traducida por las televisoras, y el momento por todos esperados en la sala: las ofensas, calificativos agresivos e irrespetuosos, que no tienen parangón entre mandatarios que le precedieron en las últimas décadas.
En las propias calles de Miami la gente calificó el espectáculo como “politiquería barata de tercer nivel”. El show no podía ser de otro modo en el teatro de la Brigada mercenaria que fue derrotada en menos de 72 horas en Playa Girón; donde los gritos de la anexión y la resignación fueron evidentes cuando corearon en inglés una y otra vez USA, USA, USA… para apoyar las promesas de castigo y de pronto regreso al capitalismo en Cuba por un coro de esbirros de la tiranía, terroristas de todas las décadas ávidos de sangre, contrarrevolucionarios, flotipandilleros y los legisladores anticubanos que se vendieron como protagonistas.
Desconociendo la historia de Cuba, Trump en tono amenazante y hegemónico trató de poner condiciones a la continuidad de las relaciones bilaterales, ofendió al pueblo cubano, al sistema político que libremente ha escogido y a sus líderes históricos. Acudió al viejo libreto de los derechos humanos como pretexto para exigir concesiones a la Isla, fórmula fracasada por injerencista e irrespetuosa a lo largo de los últimos 60 años.
El viceasesor de seguridad nacional de la administración de Barack Obama, Ben Rhodes, calificó que con la actuación de Trump “han devuelto las relaciones entre EE.UU. y Cuba a la prisión del pasado (…), ignorando las voces del pueblo cubano y la mayoría de los estadounidenses simplemente para recompensar a un menguante grupo político de EE.UU.”.
Rhodes argumentó que la decisión de Trump de restringir algunos viajes de estadounidenses a la Isla y las transacciones del Ejército cubano equivale a regresar a “una mentalidad de Guerra Fría que fracasó trágicamente (…) El anuncio de Trump es la última bocanada ilógica de una cepa de la política estadounidense que tiene un historial de fracaso de 50 años de duración, y que se equivoca al asumir que podemos controlar lo que ocurre en Cuba”, afirmó el exfuncionario.
Pese a los rumores y filtraciones de las últimas jornadas sobre la decisión de cambiar la política, el show de este viernes genera una mezcla de decepción, denuncia e indignación de Miami a Washington; en el viejo continente; en América Latina, en todos los puntos cardinales, y en Cuba el pueblo alza su voz, como lo ha hecho siempre para rechazar el agravio y patentizar su respaldo a la Revolución, a sus dirigentes, a la soberanía, la independencia y a las conquistas sagradas del socialismo, contra las que se han estrellado las bravuconerías de quienes han apostado a la intimidación y las amenazas.
Los líderes de la Revolución han reiterado a lo largo de la historia la disposición a sostener con el gobierno de los EE.UU. un diálogo respetuoso, basado en la igualdad soberana, para tratar los más diversos temas de forma recíproca, sin menoscabo a la independencia y la autodeterminación de nuestro pueblo, y sin renunciar a uno solo de nuestros principios. Así se empezó a construir el puente que súbitamente, Trump se propone destruir.
La Pupila Insomne

Declaración del Gobierno Revolucionario de Cuba

Cualquier estrategia dirigida a cambiar el sistema político, económico y social en Cuba, ya sea la que pretenda lograrlo a través de presiones e imposiciones, o empleando métodos más sutiles, estará condenada al fracaso

16 de junio de 2017

El 16 de junio de 2017, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en un discurso cargado de una retórica hostil, que rememoró los tiempos de la confrontación abierta con nuestro país, pronunciado en un teatro de Miami, anunció la política de su gobierno hacia Cuba que revierte avances alcanzados en los dos últimos años, después que el 17 de diciembre de 2014 los presidentes Raúl Castro Ruz y Barack Obama dieran a conocer la decisión de restablecer las relaciones diplomáticas e iniciar un proceso hacia la normalización de los vínculos bilaterales.

En lo que constituye un retroceso en las relaciones entre los dos países, Trump pronunció un discurso y firmó en el propio acto una directiva de política denominada “Memorando Presidencial de Seguridad Nacional sobre el Fortalecimiento de la Política de los Estados Unidos hacia Cuba” disponiendo la eliminación de los intercambios educacionales “pueblo a pueblo” a título individual y una mayor fiscalización de los viajeros estadounidenses a Cuba, así como la prohibición de las transacciones económicas, comerciales y financieras de compañías norteamericanas con empresas cubanas vinculadas con las Fuerzas Armadas Revolucionarias y los servicios de inteligencia y seguridad, todo ello con el pretendido objetivo de privarnos de ingresos. El mandatario estadounidense justificó esta política con supuestas preocupaciones sobre la situación de los derechos humanos en Cuba y la necesidad de aplicar rigurosamente las leyes del bloqueo, condicionando su levantamiento, así como cualquier mejoría en las relaciones bilaterales, a que nuestro país realice cambios inherentes a su ordenamiento constitucional.

Trump derogó asimismo la Directiva Presidencial de Política “Normalización de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba”, emitida por el presidente Obama el 14 de octubre de 2016, la cual aunque no ocultaba el carácter injerencista de la política estadounidense, ni el objetivo de hacer avanzar sus intereses en la consecución de cambios en el orden económico, político y social de nuestro país, había reconocido la independencia, la soberanía y la autodeterminación de Cuba y al gobierno cubano como un interlocutor legítimo e igual, así como los beneficios que reportaría a ambos países y pueblos una relación de convivencia civilizada dentro de las grandes diferencias que existen entre los dos gobiernos. También admitía que el bloqueo era una política obsoleta y que debía ser eliminado.

Nuevamente el Gobierno de los Estados Unidos recurre a métodos coercitivos del pasado, al adoptar medidas de recrudecimiento del bloqueo, en vigor desde febrero de 1962, que no solo provoca daños y privaciones al pueblo cubano y constituye un innegable obstáculo al desarrollo de nuestra economía, sino que afecta también la soberanía y los intereses de otros países, concitando el rechazo internacional.

Las medidas anunciadas imponen trabas adicionales a las muy restringidas oportunidades que el sector empresarial estadounidense tenía para comerciar e invertir en Cuba.

A su vez, restringen aún más el derecho de los ciudadanos estadounidenses de visitar nuestro país, ya limitado por la obligación de usar licencias discriminatorias, en momentos en que el Congreso de los Estados Unidos, como reflejo del sentir de amplios sectores de esa sociedad, reclama no solo que se ponga fin a la prohibición de viajar, sino también que se eliminen las restricciones al comercio con Cuba.

Los anuncios del presidente Trump contradicen el apoyo mayoritario de la opinión pública estadounidense, incluyendo el de la emigración cubana en ese país, al levantamiento total del bloqueo y a las relaciones normales entre Cuba y los Estados Unidos.

En su lugar, el Presidente estadounidense, otra vez mal asesorado, toma decisiones que favorecen los intereses políticos de una minoría extremista de origen cubano del estado de Florida, que por motivaciones mezquinas no desiste de su pretensión de castigar a Cuba y a su pueblo, por ejercer el derecho legítimo y soberano de ser libre y haber tomado las riendas de su propio destino.

Posteriormente haremos un análisis más profundo del alcance y las implicaciones de este anuncio.

El Gobierno de Cuba denuncia las nuevas medidas de endurecimiento del bloqueo, que están destinadas a fracasar como se ha demostrado repetidamente en el pasado, y que no lograrán su propósito de debilitar a la Revolución ni doblegar al pueblo cubano, cuya resistencia a las agresiones de cualquier tipo y origen ha sido probada a lo largo de casi seis décadas.

El Gobierno de Cuba rechaza la manipulación con fines políticos y el doble rasero en el tratamiento del tema de los derechos humanos. El pueblo cubano disfruta de derechos y libertades fundamentales, y exhibe logros de los que se siente orgulloso y que son una quimera para muchos países del mundo, incluyendo a los propios Estados Unidos, como el derecho a la salud, la educación, la seguridad social, el salario igual por trabajo igual, los derechos de los niños, y el derecho a la alimentación, la paz y al desarrollo. Con sus modestos recursos, Cuba ha contribuido también a la mejoría de los derechos humanos en muchos lugares del mundo, a pesar de las limitaciones que le impone su condición de país bloqueado.

Los Estados Unidos no están en condiciones de darnos lecciones. Tenemos serias preocupaciones por el respeto y las garantías de los derechos humanos en ese país, donde hay numerosos casos de asesinatos, brutalidad y abusos policiales, en particular contra la población afroamericana; se viola el derecho a la vida como resultado de las muertes por armas de fuego; se explota el trabajo infantil y existen graves manifestaciones de discriminación racial; se amenaza con imponer más restricciones a los servicios de salud, que dejarían a 23 millones de personas sin seguro médico; existe la desigualdad salarial entre hombres y mujeres; se margina a emigrantes y refugiados, en particular los procedentes de países islámicos; se pretende levantar muros que denigran a vecinos; y se abandonan los compromisos internacionales para preservar el medio ambiente y enfrentar el cambio climático.

Asimismo, son motivo de preocupación las violaciones de los derechos humanos cometidas por los Estados Unidos en otros países, como las detenciones arbitrarias de decenas de presos en el territorio ilegalmente ocupado por la Base Naval de Guantánamo en Cuba, donde incluso se ha torturado; las ejecuciones extrajudiciales y las muertes de civiles causadas por bombas y el empleo de drones; y las guerras desatadas contra diversos países como Irak, sustentadas en mentiras sobre la posesión de armas de exterminio masivo, con consecuencias nefastas para la paz, la seguridad y la estabilidad de la región del Medio Oriente.

Recordamos que Cuba es Estado Parte de 44 instrumentos internacionales sobre los derechos humanos, mientras que los Estados Unidos lo es solo de 18, por lo que tenemos mucho que mostrar, opinar, y defender.

Al confirmar la decisión de restablecer las relaciones diplomáticas, Cuba y los Estados Unidos ratificaron la intención de desarrollar vínculos respetuosos y de cooperación entre ambos pueblos y gobiernos, basados en los principios y propósitos consagrados en la Carta de las Naciones Unidas. En su Declaración, emitida el 1 de julio de 2015, el Gobierno Revolucionario de Cuba reafirmó que “estas relaciones deberán cimentarse en el respeto absoluto a nuestra independencia y soberanía; el derecho inalienable de todo Estado a elegir el sistema político, económico, social y cultural, sin injerencia de ninguna forma; y la igualdad soberana y la reciprocidad, que constituyen principios irrenunciables del Derecho Internacional”, tal como refrendó la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, firmada por los Jefes de Estado y Gobierno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en su II Cumbre, en La Habana. Cuba no ha renunciado a estos principios ni renunciará jamás.

El Gobierno de Cuba reitera su voluntad de continuar el diálogo respetuoso y la cooperación en temas de interés mutuo, así como la negociación de los asuntos bilaterales pendientes con el Gobierno de los Estados Unidos. En los dos últimos años se ha demostrado que los dos países, como ha expresado reiteradamente el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, General de Ejército Raúl Castro Ruz, pueden cooperar y convivir civilizadamente, respetando las diferencias y promoviendo todo aquello que beneficie a ambas naciones y pueblos, pero no debe esperarse que para ello Cuba realice concesiones inherentes a su soberanía e independencia, ni acepte condicionamientos de ninguna índole.

Cualquier estrategia dirigida a cambiar el sistema político, económico y social en Cuba, ya sea la que pretenda lograrlo a través de presiones e imposiciones, o empleando métodos más sutiles, estará condenada al fracaso.

Los cambios que sean necesarios en Cuba, como los realizados desde 1959 y los que estamos acometiendo ahora como parte del proceso de actualización de nuestro modelo económico y social, los seguirá decidiendo soberanamente el pueblo cubano.

Como hemos hecho desde el triunfo del 1ro. de enero de 1959, asumiremos cualquier riesgo y continuaremos firmes y seguros en la construcción de una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible.

La Habana, 16 de junio de 2017.

 

#TodosMarchamos Artículo de Fidel Castro : El destino incierto de la especie humana

9 octubre 2016
Tomado de Cubadebate

Una enorme ignorancia envuelve no solo a esta, sino también sus infinitas formas de experiencias. Incluso las huellas digitales de los gemelos univitelinos, nacidos de un mismo óvulo, se diferencian a lo largo de los años. No en balde Estados Unidos, el país imperialista más poderoso que ha existido se autoengaña al asumir como doctrina un párrafo de la Declaración Universal de Derechos Humanos donde se afirma: “todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y, dotados como están por naturaleza de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Nada de eso puede ser ignorado. Hay muchas más cualidades en los principios religiosos que los que son únicamente políticos, a pesar de que estos se refieren a los ideales materiales y físicos de la vida. También muchas de las obras artísticas más inspiradas nacieron de manos de personas religiosas, un fenómeno de carácter universal.

Los hombres de ciencia ocupan hoy un lugar privilegiado en los centros de investigación, laboratorios y la producción de medicamentos destinados a la salud humana, a vencer las distancias, concentrar las energías, perfeccionar los equipos de investigación que puedan operar en la tierra y el espacio. Alguien debiera poder explicar de forma sosegada por qué puede observarse desde un observatorio a cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar una estrella cuya luz tardó 12 mil millones de años luz; es decir, a 300 mil kilómetros por segundo, en llegar a la tierra. ¡Una insólita medalla de oro! ¿Cómo puede explicarse eso, especialmente cuando se hace referencia a la unión de las estrellas que según eminentes científicos dieron lugar a la teoría del Big Ban?

¿Qué quedaría después? Nadie podría, sin embargo, negar la afirmación de eminentes científicos que tras decenas de años de rigurosos estudios arribaron a la conclusión de que tales fenómenos son absolutamente posibles. Otro hecho de notable trascendencia es que la posibilidad de estos fenómenos es absolutamente real.

Es en este punto que las religiones adquieren un valor especial. En los últimos miles de años, tal vez hasta ocho o diez mil, han podido comprobar la existencia de creencias bastante elaboradas en detalles de interés. Más allá de esos límites, lo que se conoce tiene sabor de añejas tradiciones que distintos grupos humanos fueron forjando. De Cristo conozco bastante por lo que he leído y me enseñaron en escuelas regidas por jesuitas o hermanos de La Salle, a los que escuché muchas historias sobre Adán y Eva; Caín y Abel; Noé y el diluvio universal y el maná que caía del cielo cuando por sequía y otras causas había escasez de alimentos. Trataré de trasmitir en otro momento algunas ideas más de este singular problema.

No olvidemos que este domingo habrá debate de candidatos. En la primera ocasión, hace dos semanas, se produjo uno que causó conmoción. El señor Trump que se suponía un capacitado experto quedó descalificado tanto él como Barack en su política. Habrá que darles ahora una medalla de barro.

Fidel Castro Ruz
Octubre 8 de 2016
10 y 26 p.m.fidelcastro-reflexiones-2015