El General de Ejército Raúl Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, preside el acto de inauguración de la réplica de la estatua ecuestre del Héroe Nacional José Martí, en La Habana.
Presentes además dirigentes del Partido, el Estado y el Gobierno cubano, una representación del cuerpo diplomático acreditado en Cuba, así como un nutrido grupo de norteamericanos y cubanos residentes en Estados Unidos, quienes contribuyeron a hacer realidad este hermoso proyecto, junto a otras instituciones y personalidades.
El acto inaugural ocurre frente al Museo de la Revolución, lugar donde está ubicada la escultura ecuestre de Martí, que constituye una copia exacta de la existente en el Parque Central de la ciudad de Nueva York, indica la Agencia Cubana de Noticias.
Su inauguración coincide con el aniversario 165 del nacimiento del más universal de los cubanos y es el tributo de una ciudad a su más preclaro hijo, de acuerdo con Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, y uno de los promotores de la reproducción y traslado del monumento.
En total, demoró 22 años la iniciativa de emplazar en La Habana la pieza de bronce de 8,5 toneladas de peso sobre un pedestal de mármol negro, situada en el Parque 13 de Marzo.
La escultora norteamericana Anna Hyatt Huntington (1876-1973 tuvo a su cargo la obra en la década de los 50 del pasado siglo, para evocar el momento en que dio su vida por la causa a la que se había consagrado.
El momento de la muerte del Apóstol de la Independencia está rememorado poéticamente, aunque lo singular es que la escultura monumental, cuando se refiere a grandes héroes de la historia, los evoca casi siempre en un rol triunfante, pero en la del caso de Martí está recordado cuando pierde la vida en combate.
Sin duda, Fidel Castro ha sido el más aventajado discípulo de las ideas y la praxis revolucionaria de José Martí.
No fue pura coincidencia histórica, sino que el líder de la Revolución Cubana asumió el ideario martiano de manera consciente y entregada.
Así lo ratificó en 1985 en sus conversaciones con Frei Betto: “Yo, antes de ser comunista utópico o marxista, soy martiano; lo voy siendo desde el bachillerato: no debo olvidar la atracción enorme del pensamiento de Martí sobre todos nosotros, la admiración por Martí”. [i]
En marzo de 1949, cuando marines yanquis profanaron la estatua del Héroe Nacional en el habanero Parque Central, Fidel fue uno de los que encabezó la airada protesta frente a la embajada de los Estados Unidos; en 1953, declararía a Martí como el autor intelectual de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes; durante su alegato de autodefensa conocido como la Historia me absolverá denunció como le habían impedido consultar las obras de Martí, pero que no importaba, pues traía en “el corazón las doctrinas del maestro”, el primer frente en la Sierra Maestra, dirigido por Fidel, ostentaría el nombre de José Martí. Estas son apenas algunas pinceladas que ilustran la hondísima vocación martiana de Fidel, algo que parecía genético. Hoy el líder de la Revolución descansa para siempre junto al Apóstol en el Cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, en una piedra que alude a la conocida frase martiana que Fidel convirtió en una de las máximas fundamentales de su existencia: “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.
Ambos fueron raigalmente humanistas, anticolonialistas y antiimperialistas, pero jamás antiestadounidenses, su política hacia la nación del Norte estuvo siempre basada en la fuerza de las ideas y los principios, no en odios y fanatismos.
Con “ojos judiciales” supieron distinguir las dos Norteamérica, la de Lincoln y la de Cutting[ii]. De la primera reconocieron sus virtudes y valores culturales, de la segunda -a la cual Martí llegó a nombrar como la Roma Americana o águila temible – no solo criticaron los aspectos políticos que más conocemos, sino también el modo de vida estadounidense que exalta la violencia, la irracionalidad y el culto desmedido hacia el dinero. Y es que una de las primeras similitudes que encontramos entre Martí y Fidel, es la ciclópea labor ideológica que desarrollaron para descolonizar el pensamiento que desde nuestra región exaltaba al Norte como el modelo a imitar.
Con apenas 18 años, Martí había hecho ya la siguiente observación:
“Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento, – Nosotros posponemos el sentimiento la utilidad// Y si hay diferencia de organización, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan?// Imitemos. ¡No! –Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.- Creemos, porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?// Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa¡[iii]
Martí vivió en los Estados Unidos durante casi 15 años, y aunque Fidel no tuvo la misma experiencia, llegó a ver en sus entrañas de una manera tan aguda como lo hizo el Apóstol. En esto influyeron sus estudios y lecturas –entre ellas las ideas de Martí sobre los Estados Unidos- y el contacto con la propia realidad, en especial la cubana, donde eran notorios los efectos más nocivos de la dominación imperialista del Norte.
Fidel llegó a convertirse en un verdadero experto en el conocimiento sobre los Estados Unidos, tanto de su dinámica interna como de su política exterior. Sobre esta cualidad de Fidel señaló Gabriel García Márquez: “El país del cual sabe más después de Cuba, es Estados Unidos. Conoce a fondo la índole de su gente, sus estructuras de poder, las segundas intenciones de sus gobiernos, y esto le ha ayudado a sortear la tormenta incesante del bloqueo”.[iv]
La estrategia revolucionaria de Fidel hacia los Estados Unidos, sintetiza en gran medida todo el pensamiento y la experiencia legada por José Martí, ajustada siempre, por supuesto, a las coordenadas de su tiempo histórico.
Y una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los saca de ella?
Imagen de José Martí en su visita a Jamaica.
Uno de los grandes desvelos de Martí con relación al ya naciente imperialismo estadounidense fue la posibilidad de que este encontrara un pretexto, un recurso, para intervenir en la Isla, y de esa manera se frustrara la independencia cubana, garantía del equilibrio en las Américas y el mundo.
De ahí que se planteara la necesidad de una guerra “breve y directa como el rayo” que impidiera a tiempo que se extendieran por las Antillas los Estados Unidos. “Y una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los saca de ella?”, le había escrito Martí a Gonzalo de Quesada desde 1889.[v]
Poco tiempo después le advertía: “Sobre nuestra tierra, Gonzalo hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos, y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, -para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más soberbia no la hay en los anales de los pueblos libres: -ni maldad más fría”.[vi]
Esta fue también una de las grandes obsesiones de Fidel, evitar por todos los medios posibles un escenario que facilitara o estimulara una intervención de los Estados Unidos en Cuba, que escamoteara la victoria a los rebeldes frente a la tiranía batistiana.
En los meses finales de 1958, ese peligro se hizo mayor al producirse varios incidentes, evidentemente fabricados por el dictador Fulgencio Batista y el embajador yanqui, con la intención de generar una situación que provocara la intervención de los marines en Cuba.
El primer intento tuvo lugar en julio de 1958, cuando el estado mayor de la dictadura, de acuerdo con el embajador de los Estados Unidos, retiró sus tropas del acueducto de Yateritas que abastecía de agua la base naval estadounidense en Guantánamo y solicitó a las autoridades de los Estados Unidos presentes en la base el envío de soldados a ese punto del territorio nacional. El propósito era generar un conflicto entre las fuerzas del Movimiento 26 de julio y los marines yanquis y así justificar la intervención militar. La actitud responsable, serena, y a la vez muy firme de las fuerzas rebeldes y del propio Fidel, propiciaron una solución diplomática del problema.
Luego, para el mes de octubre de 1958, la dictadura en su desesperación maniobró para que la zona de Nicaro, donde estaban instaladas las plantas de níquel de compañías estadounidenses, se convirtiera en un campo de batalla que estimulara la intervención de los Estados Unidos. Estos incidentes –que no fueron los únicos- y su intencionalidad, serían denunciados por el Comandante en Jefe, a través de Radio Rebelde.
La estrategia martiana de tomar cuenta la correlación de fuerzas y las condiciones objetivas y subjetivas, antes de plantear abiertamente sus objetivos revolucionarios más radicales, también fue seguida por Fidel, para evitar la hostilidad prematura del gobierno de los Estados Unidos:
“En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias pª alcanzar sobre ellas el fin”, le escribía el Héroe Nacional a su amigo Manuel Mercado horas antes de caer en combate el 19 de mayo de 1895.
Después del triunfo revolucionario de 1959, se haría aun más notoria la maestría del líder de la Revolución Cubana, para evitar cualquier circunstancia que pudiera servir como excusa a los Estados Unidos para intervenir militarmente en la Isla.
Entrar en la lengua y hábitos del norte con mayor facilidad y rapidez que los del norte en las civilizaciones ajenas.
El Primer Ministro Fidel Castro Ruz denuncia ante la prensa
internacional el secuestro del avion que regresaria a La Habana a la
delegacion asistente a la XV Asamblea General de las Naciones Unidas
(ONU), por contrarevolucionarios de origen cubano al servicio de la CIA
y del gobierno estadounidense. Nueva York, Estados Unidos.
Dentro de la estrategia martiana de organización de la Revolución en Cuba y para la futura República, estuvo la de influir políticamente tanto en el pueblo de los Estados Unidos, como en los propios sectores de poder en ese país. Martí hablaba de la necesidad de entrar “en la lengua y hábitos del norte con mayor facilidad y rapidez que los del norte en las civilizaciones ajenas”.[vii]
En un extraordinario libro de Rolando González Patricio, que lleva por título La diplomacia del delegado, el autor sostiene que Martí se propuso ganar la simpatía estadounidense, “…sin la cual la independencia sería muy difícil de lograr y muy difícil de mantener”.[viii] Su estrategia estaba dirigida a ganar al menos el respeto del gobierno de los Estados Unidos a las aspiraciones cubanas y a movilizar el respaldo moral del pueblo de esa nación.
Como parte de ese esfuerzo, no debe dejar de mencionarse el ingreso del Apóstol como socio del Club Crespúsculo de Nueva York, institución integrada por personalidades de gran influencia en los más diversos ámbitos de la sociedad estadounidense, agrupadas en esa asociación no solo por amor a la naturaleza y a la justicia, sino para encontrar respuestas a la crisis moral, ética y política en que se encontraban los Estados Unidos.
No cabe duda, que Martí vio en este Club, una vía importante para llegar al pueblo estadounidense con la verdad de Cuba y buscar aliados potenciales a la causa independentista de la Isla. Y no estaba equivocado, pues meses después de la muerte de Martí, en sesión regular del 9 de abril de 1896, el Club Crepúsculo aprobó una resolución favorable a los revolucionarios cubanos, donde pedía al presidente Cleveland que los reconociera como beligerantes.
Esta capacidad de influir en la sociedad estadounidense para mostrar la realidad sobre Cuba y los nobles propósitos de la Revolución, destruyendo todo tipo de estereotipos, así como falacias construidas y repetidas hasta el cansancio por los medios de comunicación hegemónicos, fue precisamente uno de los mayores éxitos de Fidel desde que se encontraba en las montañas de la Sierra Maestra.
El líder cubano recibió numerosos periodistas estadounidenses en la Sierra, y a través de ellos, además de asestar fuertes golpes mediáticos a la dictadura, logró trasladar importantes mensajes hacia los Estados Unidos.
Al más conocido de todos, el periodista Herbert Matthews, del New York Times, le expresó Fidel el 17 de febrero de 1958: “Puedo asegurar que no tenemos animosidad contra los Estados Unidos y el pueblo norteamericano”. Mensajes similares trasladaría Fidel al resto de los periodistas que continuarían la senda abierta por Matthews.[ix]
Mensajes conciliadores hacia el pueblo y gobierno de los Estados Unidos trasladó Fidel cuando viajó a ese país en abril de 1959. Asimismo se encargó de desmentir todo tipo de calumnias que sobre la Revolución se venían reproduciendo en los medios de comunicación occidentales y en declaraciones de representantes de la administración Eisenhower.
Después de producirse la ruptura de las relaciones diplomáticas en enero de 1961 el líder de la Revolución no perdió oportunidad alguna en construir los puentes necesarios con la sociedad estadounidense y la clase política de ese país, que pudieran fomentar las tendencias favorables al cambio en la política de los Estados Unidos hacia Cuba y la normalización de las relaciones.
Durante años el Comandante en Jefe dedicó largas horas de su apretada agenda a recibir y atender personalidades de la política, los medios y la cultura de los Estados Unidos.
La gran mayoría de esos visitantes regresaban a su país con una visión distinta sobre Cuba y del propio líder de la Revolución, y en muchos casos se convertían en abanderados en la lucha contra el bloqueo y por la normalización de las relaciones entre ambas naciones.
Lo primero en política es aclarar y prever
Pintura realizada por Ernesto Rancaño para el VIII Congreso de la UJC,
celebrado en Ciudad de La Habana del 2 al 5 de diciembre de 2004
y que fuera obsequiada por el pintor al Comandante en Jefe.
Autor: Ernesto Rancaño.
“En política lo real es lo que no se ve. A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas. Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se les puede evitar. Lo primero en política es aclarar y prever”,[x] decía Martí, y él mismo fue premonitorio cuando vio el peligro mayor que representaban los Estados Unidos para la independencia no solo de Cuba, sino de toda la región latinoamericana. Pudo vislumbrar el fenómeno imperialista cuando aún estaba en proceso de gestación y desplegar una amplia y temprana labor de alerta a través de sus más de trescientas crónicas, sus famosas Escenas Norteamericanas.
El regreso de los republicanos al poder en 1888 y la designación de James G. Blaine como secretario de Estado, llevaron a Martí a una actividad antiimperialista realmente volcánica para frustrar los planes expansionistas de Blaine, a quien ya el Apóstol venía siguiendo y sabía de sus malévolos planes.
Es conocida su gran batalla de denuncia y alerta a través de sus crónicas en el diario bonaerense, La Nación, acerca de los propósitos de la Conferencia Internacional Americana convocada por Blaine, donde el gobierno de los Estados Unidos pretendía asegurarse mercados consumidores y controlar las materias primas de la región.
También la participación de Martí en 1891, como cónsul de Uruguay, en la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, donde contribuyó decisivamente a echar por tierra la aspiración estadounidense de imponer una moneda única para todo el continente.
Fidel también se destacó por su capacidad de adelantarse siempre a las movidas del contrario, de ahí se explica, en gran parte, cómo pudo enfrentar y sobrevivir a 10 administraciones estadounidenses esforzadas en su intento por destruir la Revolución Cubana.
Muchos años antes de los históricos anuncios del 17 de diciembre de 2014, Fidel vaticinó en varias de sus intervenciones públicas y en entrevistas que el gobierno de los Estados Unidos podía adoptar una política de seducción para lograr los mismos propósitos que no había alcanzado la política de fuerza, con relación a Cuba.
En un discurso pronunciado el 5 de diciembre de 1988, en la Plaza de la Revolución, Fidel proclamó:
“Aun cuando un día formalmente mejoraran las relaciones entre Cuba socialista y el imperio, no por ello cejaría ese imperio en su idea de aplastar a la Revolución Cubana, y no lo oculta, lo explican sus teóricos, lo explican los defensores de la filosofía del imperio. Hay algunos que afirman que es mejor realizar determinados cambios en la política hacia Cuba para penetrarla, para debilitarla, para destruirla, si es posible, incluso, pacíficamente; y otros que piensan que mientras más beligerancia le den a Cuba, más activa y efectiva será Cuba en sus luchas en el escenario de América Latina y del mundo. De modo que algo debe ser esencia del pensamiento revolucionario cubano, algo debe estar totalmente claro en la conciencia de nuestro pueblo, que ha tenido el privilegio de ser el primero en estos caminos, y es la conciencia de que nunca podremos, mientras exista el imperio, bajar la guardia, descuidar la defensa”[xi]
Al ser entrevistado por Tomás Borge en 1992, volvería sobre el tema:
“Tal vez nosotros estamos más preparados incluso, porque hemos aprendido a hacerlo durante más de 30 años, para enfrentar una política de agresión, que para enfrentar una política de paz; pero no le tememos a una política de paz. Por una cuestión de principio no nos opondríamos a una política de paz, o a una política de coexistencia pacífica entre Estados Unidos y nosotros; y no tendríamos ese temor, o no sería correcto, o no tendríamos derecho a rechazar una política de paz porque pudiera resultar más eficaz como instrumento para la influencia de Estados Unidos y para tratar de neutralizar la Revolución, para tratar de debilitarla y para tratar de erradicar las ideas revolucionaras en Cuba”.[xii]
Ocho años más tarde, durante el período de la administración Clinton, expresaría Fidel:
“Sueñan los teóricos y agoreros de la política imperial que la Revolución, que no pudo ser destruida con tan pérfidos y criminales procedimientos, podría serlo mediante métodos seductores como el que han dado en bautizar como “política de contactos pueblo a pueblo”. Pues bien: estamos dispuestos a aceptar el reto, pero jueguen limpio, cesen en sus condicionamientos, eliminen la Ley asesina de Ajuste Cubano, la Ley Torricelli, la Ley Helms-Burton, las decenas de enmiendas legales aunque inmorales, injertadas oportunistamente en su legislación; pongan fin por completo al bloqueo genocida y la guerra económica; respeten el derecho constitucional de sus estudiantes, trabajadores, intelectuales, hombres de negocio y ciudadanos en general a visitar nuestro país, hacer negocios, comerciar e invertir, si lo desean, sin limitaciones ni miedos ridículos, del mismo modo que nosotros permitimos a nuestros ciudadanos viajar libremente e incluso residir en Estados Unidos, y veremos si por esas vías pueden destruir la Revolución cubana, que es en definitiva el objetivo que se proponen”. [xiii]
Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos
El antiimperialismo de Martí y Fidel no estuvo nunca divorciado de la disposición a establecer relaciones cordiales y respetuosas entre ambos países.
Acerca de las posiciones del Apóstol, González Patricio apunta: “Martí, conocedor del poder creciente de Estados Unidos, de su tradicional interés en poseer Cuba y de su política dirigida a impedir la independencia de la Isla, buscó evitar todo estímulo a la malevolencia norteamericana y encontró prudente aspirar a relaciones cordiales”.[xiv]
A su vez, Martí creía viable un escenario de paz con los Estados Unidos: “Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos, y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida, o una transformación que es como la pérdida, de nuestra nacionalidad”.[xv] Martí recomendó para toda la América Latina lo que también deseaba para la Isla: “de un lado está nuestra América (…); de la otra parte está la América que no es nuestra, cuya enemistad no es cuerdo ni viable fomentar, y de la que con el decoro firme y la sagaz independencia no es imposible, y es útil, ser amigo”. [xvi]
Desde abril de 1959, cuando Fidel viajó a los Estados Unidos, quedó definida su postura favorable al diálogo y a las relaciones civilizadas. Pero además, en muchas ocasiones la iniciativa de buscar un modus vivendi con los Estados Unidos partió de su parte.
Empleando la diplomacia secreta, Fidel fue el gestor de numerosos intentos de acercamiento bilateral. A través del abogado James Donovan, quien negoció con Fidel la liberación de los mercenarios presos a raíz de la invasión de 1961; la periodista Lisa Howard y otros canales, el líder de la Revolución hizo llegar al gobierno de Kennedy una y otra vez su disposición de conversar en busca de un entendimiento.
En agosto de 1961 Ernesto Che Guevara trasladó una rama de olivo al gobierno estadounidense en un encuentro que sostuvo en Montevideo con el asesor especial de Kennedy para asuntos latinoamericanos, Richard Goodwin. Es imposible pensar que el Che actuara por su cuenta y no de común acuerdo con el líder cubano. Fidel además envió un mensaje verbal al ya presidente Lyndon Johnson a través de la periodista Lisa Howard en 1964, que entre otras cosas decía:
“Dígale al Presidente (y no puedo subrayar esto con demasiada fuerza) que espero seriamente que Cuba y Estados Unidos puedan sentarse en su momento en una atmósfera de buena voluntad y de mutuo respeto a negociar nuestras diferencias.
Creo que no existen áreas polémicas entre nosotros que no puedan discutirse y solucionarse en un ambiente de comprensión mutua. Pero primero, por supuesto, es necesario analizar nuestras diferencias. Ahora, considero que esta hostilidad entre Cuba y los Estados Unidos es tanto innatural como innecesaria y puede ser eliminada”. [xvii]
En una reveladora carta escrita el 22 de septiembre de 1994 al presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, quien había servido de mediador entre Fidel y el presidente estadounidense, William Clinton, el Comandante en Jefe expresó nuevamente su posición favorable a la normalización de las relaciones:
“La normalización de las relaciones entre ambos países es la única alternativa; un bloqueo naval no resolvería nada, una bomba atómica, para hablar en lenguaje figurado, tampoco. Hacer estallar a este país, como se ha pretendido y todavía se pretende, no beneficiaría en nada los intereses de Estados Unidos. Lo haría ingobernable por cien años y la lucha no terminaría nunca. Sólo la Revolución puede hacer viable la marcha y el futuro de este país”. [xviii]
Se podrían mencionar otros ejemplos. Pero estos son más que suficientes para demostrar que la postura de Fidel fue siempre la de estar en la mejor disposición al diálogo y la negociación con el vecino del norte.
Sin embargo, siempre insistió, con sobrada razón y teniendo como respaldo el derecho internacional y un conocimiento profundo de la Historia de Cuba, que este diálogo o negociación fuese en condiciones de igualdad y de respeto mutuo, sin la menor sombra a la soberanía de Cuba.
Esta es hoy la misma postura –aunque con estilo propio– que ha sostenido el General de Ejército Raúl Castro; así lo ha reafirmado en innumerables discursos e intervenciones públicas.
Seis semanas después de los anuncios del 17 de diciembre del 2014, Fidel ratificó su posición en cuanto a una normalización de las relaciones con los Estados Unidos.
“No confío en la política de los Estados Unidos”, dijo, teniendo suficientes elementos de juicio para hacer ese planteamiento. Pero también expresó que, como principio general, respaldaba “cualquier solución pacífica y negociada a los problemas entre Estados Unidos y los pueblos o cualquier pueblo de América Latina, que no implique la fuerza o el empleo de la fuerza”[xix]
Es de deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya justicia u ocasión
Cuando faltaba muy poco para la nueva arrancada independentista, en enero de 1894, Martí definió la postura “cauta y viril” como línea rectora de la política cubana frente a los Estados Unidos. Ante la asimetría de poder había que imponer el respeto del adversario por la capacidad de crear, erguirse, resistir y de vencer.
“Ni pueblos ni hombres –decía Martí- respetan a quien no se hace respetar. Cuando se vive en un pueblo que por tradición nos desdeña y codicia, que en sus periódicos y libros nos befa y achica, que, en la más justa de sus historias y en el más puro de sus hombres, nos tiene como a gente jojota y femenil, que de un bufido se va a venir a tierra; cuando se vive, y se ha de seguir viviendo, frente a frente a un país que, por sus lecturas tradicionales y erróneas, por el robo fácil de una buena parte de México, por su preocupación contra las razas mestizas, y por el carácter cesáreo y rapaz que en la conquista y el lujo ha ido criando, es de deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya justicia u ocasión, a fin de irle mudando el pensamiento, y mover a respeto y cariño a los que no podremos contener ni desviar, si, aprovechando a tiempo lo poco que les queda en el alma de república, no nos les mostramos como somos”.[xx]
Esta posición viril que recomendaba Martí, fue la que caracterizó a Fidel ante cada amenaza e intento por cercenar la soberanía de Cuba por las distintas administraciones estadounidense.
Un momento descollante fue durante la Crisis de Octubre, donde solo con su posición valiente e intransigente –apoyada mayoritariamente por el pueblo cubano- al negarse a cualquier tipo de inspección del territorio cubano, al plantear los Cinco Puntos e impedir en todo momento que se le presionara, se pudo salvar el prestigio moral y político de la Revolución en aquella coyuntura. Esto fue así, a pesar de que la URSS tomó decisiones inconsultas con la parte cubana que trajeron como consecuencia que la Isla fuese la más desfavorecida con la solución que se le dio a la crisis.
También fue memorable su discurso en respuesta a las amenazas del presidente estadounidense W. Bush, el 14 de mayo de 2004 cuando expresó:
“Puesto que usted ha decidido que nuestra suerte está echada, tengo el placer de despedirme como los gladiadores romanos que iban a combatir en el circo: Salve, César, los que van a morir te saludan.
Sólo lamento que no podría siquiera verle la cara, porque en ese caso usted estaría a miles de kilómetros de distancia, y yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria”.[xxi]
Paz, amistad y cordialidad entre un “pueblo menor” y un “pueblo mayor” como lo definía Martí, no podía jamás implicar dependencia y servidumbre. Como tampoco jamás Fidel entendió la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, desde la dominación.
En cada uno de los reducidos momentos en que se estableció alguna posibilidad de diálogo o negociación, Fidel fue enfático en cuanto que la soberanía de Cuba, tanto en el plano doméstico como internacional, no era negociable, y que la Isla jamás renunciaría a uno solo de sus principios.
De la unión depende nuestra vida
Asumiendo y enriqueciendo las ideas de Simón Bolívar, Martí y Fidel concedieron como parte de su estrategia revolucionaria un lugar privilegiado a la necesaria unidad de América Latina y el Caribe.
Ramón de Armas destaca como desde 1877, durante su estancia en Guatemala, Martí hizo su llamado de unidad o muerte, en expresión de un latinoamericanismo defensivo que evolucionaría “hacia un claro y precursor latinoamericanismo antiimperialista activo” que cerrara el paso al avance impetuoso del vecino del Norte, a través de la acción unida en torno a objetivos y propósitos comunes. “Puesto que la desunión fue nuestra muerte –decía el Apóstol en aquel entonces-, ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino, ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida?”.[xxii]
En su concepción revolucionaria, Fidel siempre vio el proceso cubano, como parte de una Revolución mayor, la que debía acontecer en toda América Latina y el Caribe. De ahí su constante solidaridad y apoyo a los movimientos de liberación en la región y denuncia de cada acto de injerencia yanqui.
Esa posición partió en primera instancia de un sentimiento de identidad y de ineludible deber histórico, pero también como una necesidad estratégica para la preservación y consolidación de la Revolución Cubana.
Sobre todo, teniendo en cuenta que desde el siglo XIX en adelante, el principal enemigo común de la verdadera emancipación de los pueblos al sur del río Bravo eran –y continuaban siéndolo- los Estados Unidos, los que en no pocas ocasiones utilizaron con éxito para sus propósitos la máxima de “divide y vencerás”, estrategia que han utilizado hasta nuestros días. A esa compresión había llegado Fidel desde antes de 1959, y la puso de manifiesto en acciones concretas en las que, incluso, puso en riesgo su propia vida durante sus luchas como estudiante universitario.
Fidel integró el comité Pro Independencia de Puerto Rico, el comité Pro democracia dominicana, participó en 1947 en la frustrada expedición de Cayo Confites contra el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo y en los sucesos conocidos como el Bogotazo, donde compartió su destino con el pueblo colombiano que enfrentaba a las fuerzas reaccionarias que habían asesinado al líder popular Jorge Eliécer Gaitán.
Además, ya desde aquella época se había pronunciado a favor del derecho de los panameños a la soberanía sobre el canal interoceánico y el de los argentinos sobre las Islas Malvinas.
No obstante, luego del triunfo de enero de 1959, la vocación integracionista de Fidel se hizo más explícita en numerosos pronunciamientos públicos. Sus ideas y amplia acumulación de experiencias durante años, así como los continuos cambios en el contexto internacional, lo hicieron ir perfilando su pensamiento. De ahí que, en el Cuarto Encuentro del Foro Sâo Paulo, efectuado en La Habana en 1994, entre otras muchas ideas vinculadas a ese trascendental tema, declarara:
“Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina que crear una conciencia en favor de la unidad? Eso debiera estar inscrito en las banderas de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo. Aquellos que piensen que el socialismo es una posibilidad y quieren luchar por el socialismo, pero aun aquellos que no conciban el socialismo, aun como países capitalistas, ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la integración”.[xxiii]
Los esfuerzos colosales realizados por Fidel en pos de la unidad y la integración de la región, comenzaron a rendir sus frutos, con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela en 1998, momento que inició un verdadero cambio de época en América Latina.
En el 2004 Chávez y Fidel crearían la hoy conocida como Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América -Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) y al año siguiente, en Mar del Plata, el imperialismo estadounidense sufría ya una gran derrota, al ser enterrado el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA), iniciativa que venía impulsando el gobierno de los Estados Unidos. En el 2011, nacería en Caracas, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y con ello el sueño más preciado de Fidel y, por tradición, de Martí, Bolívar y otros próceres de nuestra América se hacía realidad.
Sin duda, una de las primeras victorias políticas de esa unión, sería el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos anunciados el 17 de diciembre de 2014, por los presidentes de ambos países. Cuba sola, sin el fuerte apoyo regional que recibió, no habría llegado a ese resultado.
A modo de conclusión
Es cierto que el equilibro internacional al que aspiraba Martí en las Antillas se frustró a partir de 1898 con la intervención de los Estados Unidos en Cuba, quienes a partir de ese momento comenzaron a construir su hegemonía en el mundo.
Pero por paradojas de la historia, la Revolución Cubana triunfante en 1959, de profunda raíz martiana, liderada por Fidel y el movimiento 26 de julio, abrió nuevamente una puerta para avanzar hacia la segunda y definitiva independencia de América Latina y el Caribe y, con ello, hacia el equilibrio del mundo al que aspiraba el Apóstol. Es decir, por donde mismo comenzó a construir su imperio los Estados Unidos, se iniciaría en 1959 la posibilidad y la esperanza de su desplome.
La administración de Barack Obama y su llamado “nuevo enfoque” hacia la Mayor de las Antillas, trajeron con las nuevas oportunidades, grandes desafíos para la resistencia cubana frente a los intereses de dominación, que sobre nuestra Isla perviven en Washington. Luego el nuevo inquilino en la Casa Blanca, Donald Trump, devolvió a los cubanos la imagen más nítida y real del enemigo imperial. Pero es evidente que su política hacia Cuba desde el punto de vista estratégico se hace cada vez más insostenible.
A 150 años de lucha del pueblo cubano por su independencia, en pleno siglo XXI, los cubanos tenemos el privilegio de contar con el pensamiento táctico y estratégico que, en épocas diferentes, llevaron a la práctica Martí y Fidel frente a los Estados Unidos.
Ante los nuevos convites de guantes de seda e intenciones ocultas que, sin lugar a dudas, vendrán desde el Norte en el futuro para doblegar a la nación cubana, este manantial de ideas y de acciones antiimperialistas, serán aun más imprescindibles. Como en 1891, en ese extraordinario ensayo y programa revolucionario que es Nuestra América, nos decía Martí: “Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”.[xxiv]
Notas Completas. Edición Crítica, Centro de Estudios Martianos, t.21, pp.15-16.
[iv] Luis Báez, Así es Fidel, Casa Editora Abril, La Habana, 2009, p.177.
[v] José Martí, “A Gonzalo de Quesada”, octubre 29 de 1889, en: Epistolario, compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H.Moreno Pla, prólogo de Juan Marinello, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1993, t.II, p.145.
[vi] José Martí, “A Gonzalo de Quesada”, 14 de diciembre de 1889, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, t.6, p. 128.
[vii] Cita de Gonzalo de Quesada y Aróstegui en el Volumen 6, “Hombres”, de la Colección Obras de Martí, p. 6. Tomado de: Emilio Roig de Leuchsenring. Martí, antiimperialista. Ministerio de Relaciones Exteriores, Segunda Edición Notablemente Aumentada, La Habana, 1961, p.39.
[viii] Rolando González Patricio, La diplomacia del Delegado. Estrategias y tácticas de José Martí 1892-1895, Editora Política, La Habana, 1988, p.64.
[ix] Entre el 23 y 28 de abril del propio año, el periodista de la cadena televisiva estadounidense CBS (Columbia Broadcasting Systems), Robert Taber (Bob), en unión del camarógrafo Wendell Hoffman, realiza un reportaje que apareció el 18 de mayo de ese mismo año por la CBS. Se trató de un documental de media hora de duración titulado Rebeldes en la Sierra Maestra, cuya secuencia final fue realizada en el Pico Turquino el 28 de abril, con Fidel y Raúl al frente de los guerrilleros cantando el Himno Nacional. Al mes siguiente, el 17 de mayo, Fidel fue entrevistado por el periodista estadounidense Andrew Saint George. La entrevista apareció en la revista Look, bajo el título “Dentro de la revolución cubana”. En enero de 1958 Fidel concedió también una entrevista al periodista Hoomer Biggart. La entrevista se publicó el 27 de febrero en el New York Times. En ese propio mes apareció en la revista estadounidense Coronet el artículo “¿Por qué luchamos?”, bajo la firma de Fidel.
[x] José Martí, “La conferencia monetaria de las Repúblicas de América”, en: Obras Completas. Tomo 6. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 197, pp. 155-167
[xi] Discurso en el acto por el XXXII aniversario del desembarco del Granma, fundación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y proclamación de la Ciudad de La Habana “Lista para la defensa en la primera etapa”, 5 de diciembre de 1988 en la Plaza de la Revolución “José Martí”
[xii] Tomás Borge, Un grano de maíz. Entrevista concedida por Fidel Castro a Tomás Borge, Fundación Editorial el perro y la rana, Caracas, 2011, pp.144-145.
[xiii] Discurso del Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba, Fidel Castro Ruz, en la Tribuna Abierta celebrada en la Plaza de la Revolución «Comandante Ernesto Che Guevara», en conmemoración del Aniversario 47 del Asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. Villa Clara, 29 de julio del 2000. En: http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/2000/esp/f290700e.html. (Internet)
[xiv] Rolando González Patricio, Ob.Cit, p.170.
[xv] Citado por Rolando González Patricio en: “Frente a frente. Las relaciones Cuba-Estados Unidos en el proyecto republicano de José Martí”, en: Anuario del Centro de Estudios Martianos #25, 2002, p.29
[xvi]Ibídem, p.30.
[xvii] Del primer ministro Fidel Castro al presidente Lyndon B.Johnson, mensaje verbal entregado a la señorita Lisa Howard de la ABC News, el 12 de febrero de 1964, en La Habana, Cuba»,www.gwu.edu/-nsarchiv/ (Traducción del ESTI)
[xviii] Véase Carlos Salina de Gortari, Muros, puentes y litorales. Relación entre México, Cuba y Estados Unidos, Penguin Random House. Grupo Editorial, Ciudad de México, 2017, pp.125-126.
[xix] Fidel Castro, Para mis compañeros de la Federación Estudiantil Universitaria, mensaje publicado en el periódico Granma el 26 de enero de 2015.
[xx] José Martí, La protesta de Thomasville, en: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, t.2, p.347.
[xxii] Citado por Ramón de Armas, “Unidad o Muerte: en las raíces del antiimperialismo y el latinoamericanismo martianos”, en: La Historia de Cuba pensada por Ramón de Armas. Selección y compilación de Pedro Pablo Rodríguez, Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello y Ruth Casa Editorial, La Habana, 2012, p.82
[xxiii] Fidel Castro. Discurso pronunciado en la clausura del IV encuentro del Foro de Sao Paulo, efectuada en el Palacio de Convenciones, el 24 de julio de 1993.
[xxiv] José Martí, “Nuestra América”, El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891, en: José Martí, Obras Completas, t.6, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 15-23.
La integración de 110 jóvenes habaneros a los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) constituye un paradigma del hombre nuevo como ejemplo del legado histórico de nuestro Héroe Nacional José Martí en el aniversario 165 de su natalicio.
En el Consejo Popular San Agustín, del municipio capitalino La Lisa, estudiantes de la Escuela Secundaria Básica Urbana ¨¨ Pedro Veliz Hernández ¨¨, recibieron su carnet de ingreso a la mayor organización de masas del país de manos de Vladimir Sauri Bermúdez, Coordinador Provincial de los CDR en la capital.
La joven Yesi Pérez Almaguer, dio lectura al compromiso, donde manifestó el compromiso de pertenecer a los CDR. ¨¨ Más que nada es la dicha de saber que el mantenimiento de todo lo que logro Fidel recae en la juventud.¨¨ dijo la estudiante.
En saludo al aniversario 165 del natalicio de Martí, los CDR en todo el país realizaran actos de ingreso de jóvenes arribantes a la organización.
Analizó Comandante de la Revolución inversiones pineras
Foto:Elba Salazar Cuba
Isla de la Juventud.- El miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba y Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, recorrido este martes unos 600 metros del sendero del valle que conduce a un manantial que abastecía de agua a la familia Sarda, la que acogió en 1870 a José Marti y curó las llagas que traía de las canteras de San Lázaro.
Mientras caminaba se interesó con las autoridades del gobierno local y su comitiva, en la recuperación del lugar para que los pineros y visitantes al visitar el museo Finca el Abra, donde se conservan objetos utilizados por el Héroe Nacional y la historia de su presencia en la entonces Isla de Pinos, puedan estar más cerca de la historia, de la antigua calera, del sistema para conducir el agua y del resto de las construcciones de la época, disfrutar de la conservación de la flora, distinguida por la Palma Real y que todo sea parte del recorrido.
Foto: Elba Salazar Cuba
El Comandante de la Revolución recorrió el Palacio de Computación en Nueva Gerona a inaugurarse en febrero y exhortó a brindar un servicio informático que trasmita los mejores valores. También intercambió con trabajadores del cine Caribe, único de su tipo en el Municipio Especial en reparación capital, aunque quedan varios objetos de obra por hacer.
El vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba analizó acuerdos de visitas anteriores e inversiones vinculadas al desarrollo de esa insula, la construcción de viviendas, acciones para mejorar la transportación marítima de carga, la recuperación de las capacidades de la industria cerámica, obras para el mejor aprovechamiento del agua en zonas arroceras y el impacto que genera la nueva línea aséptica en la empresa agroindustrial entre otros programas.
René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba
El año que comienza se torna pletórico de importantes acontecimientos históricos que han marcado la forja de la nación cubana: el Grito de Independencia de Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868; la Protesta de Baraguá en marzo de 1878; la intervención estadounidense en la Guerra de Independencia que sosteníamos con el imperio colonial español en 1898; las grandes batallas que llevaron a la derrota de la dictadura del general Fulgencio Batista en el año 1958; el histórico discurso de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en Demajagua, en ocasión del centenario del inicio de la Guerra de los Diez Años; estos, entre cientos de efemérides importantes y trascendentales de la historia patria.
De todos, quisiéramos hacer un alto en resaltar el 10 de octubre de 1868 y la figura egregia de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, el cubano que lanzó retador el guante al colonialismo español, quien echando a un lado comodidades, riquezas y privilegios, igualó a sus esclavos a su condición de ciudadano y los convocó, junto al pueblo, a luchar por una patria digna y solidaria.
Céspedes predicaría en su obra política como presidente de la República de Cuba en Armas, una fe sin límites en el pensamiento bolivariano, que asumió como principio ideológico de la Revolución. Comenzada la guerra, sus referencias bolivarianas fueron frecuentes en documentos oficiales, correspondencia y proclamas. La inclinación hacia Bolívar y Venezuela se acrecentó con la llegada de las dos primeras expediciones del vapor Virginius, que trajeron a los campos de Cuba a jefes y oficiales del ejército venezolano, con los que de inmediato se identificó, al punto de nombrar a dos jóvenes venezolanos sus ayudantes, y a un general de ese país como Secretario de la Guerra del Gobierno de la República de Cuba en Armas.
El 10 de abril de 1870 para patentizar el espíritu de lucha y su carácter irreconciliable con España, Céspedes, en una encendida proclama a los camagüeyanos, invocó al Libertador:
“En el corazón de cada cubano deben estar escritas aquellas terribles palabras que en situación análoga pronunció el inmortal Simón Bolívar: ‘Mayor es el odio que nos ha inspirado la Península que el mar que nos separa de ella, y menos difícil sería unir los dos continentes que conciliar el espíritu de ambos países.’”
Casi un año después recibió en su campamento una carta del general y presidente venezolano José Ruperto Monagas, que respondió sintetizándole el concepto que tuvo de Bolívar y de Venezuela:
“Venezuela, que abrió a la América Española el camino de la Independencia y lo recorrió gloriosamente hasta cerrar su marcha en Ayacucho, es nuestra ilustre maestra de libertad, el dechado de dignidad y heroísmo y perseverancia que tenemos incesantemente a la vista de los cubanos. Bolívar es aún el astro esplendoroso que refleja sus sobrenaturales resplandores en el horizonte de la libertad americana como iluminándonos la áspera vía de la regeneración. Guiados por su benéfico influjo, estamos seguros de que alcanzaremos felizmente el término.
“No es, por tanto, sino muy natural que Venezuela considere como continuación de su épica lucha de independencia, la que ensangrienta los campos de Cuba. Y que se despierten en las mentes de sus esforzados hijos recuerdos grandiosos de heroísmo, y en sus corazones sentimientos de exaltación generosa evocados por el propio despotismo que sus preclaros padres derrocaron. Movidos por tan preclaro resorte, ¿Cómo extrañar que su ardor bélico y genial caballeresco les impulsen a ofrecer sus vidas a la causa de la Independencia de esta infortunada colonia? Por lo demás, la República de Cuba considera como hijos propios a los naturales de Venezuela y demás Repúblicas sud-americanas; y animada de la más profunda gratitud, no omitirá medios para elevar las manifestaciones de ésta a la altura de los esclarecidos merecimientos de los que han acreditado una vez más en los campos de la Isla, con su abnegación y desinterés, valor y demás virtudes militares que los adornan, que los venezolanos de hoy son dignos hijos de los héroes de Carabobo, Junín y Ayacucho y como tales saben abatir la soberbia y arrogancia castellanas.”
Para resaltar el patriotismo y llamar a la guerra a los indecisos, Céspedes invocó a Bolívar. En circular de fecha 4 de septiembre de 1871 a “Los cubanos “De posición social” indiferentes o adictos al gobierno colonial”, les recordaba que “Bolívar, al frente de 400 neogranadinos, invade a Venezuela y tiene que luchar más que contra los españoles, contra el espíritu de su pueblo, que le es hostil y le hace guerra material.”
Al abogado venezolano Pedro Bermúdez Cousin, uno de los más fervientes defensores de la causa cubana en Venezuela, le escribió desde Palmarito el 5 de agosto de 1872, pidiéndole esfuerzos supremos para mantener viva la causa de Bolívar en su tierra, patentizando que el sueño de los cubanos es el mismo del Libertador:
“En hombres como usted, señor, estriba que Cuba vea cumplida sus legítimas aspiraciones y que en su suelo no perezca el pensamiento del Gran Bolívar. Los cubanos son dignos de que se complete ese pensamiento y que se les dé asiento en la augusta Asamblea de las Naciones libres e independientes de América.”
Carlos Manuel de Céspedes, presidente de la República de Cuba en Armas y Padre de la Patria cubana, maduró en el transcurso de la guerra sus convicciones bolivarianas, llegando a identificar el pensamiento del Libertador, como la savia que alimentaba la causa independentista de los pueblos de América. Definitivamente, él también era libertador de pueblos, y su vida estuvo adornada por similares atributos a los del gran paladín de la libertad.
Su deposición marcaría el principio de la decadencia de la diplomacia mambisa del 68, y el descrédito internacional de una gloriosa Revolución que había llenado de admiración al mundo.
De las experiencias de la Guerra Grande aprenderían Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García y el joven José Martí, para organizar los proyectos de revolución que continuarían en lo adelante: la Guerra Chiquita; el Plan Gómez-Maceo o proyecto de San Pedro Sula; los intentos apresurados del reposo turbulento; y la Guerra Necesaria.
Los 30 años de lucha sin descanso contra el colonialismo español entre 1868 y 1898, fueron la escuela épica de la que sacaron energías, fuerzas e inspiración, las siguientes generaciones de cubanos para emprender, tras la frustración que constituyó la intervención estadounidense y la imposición de la Enmienda Platt, las batallas finales en pos de la soberanía plena de nuestra Isla.
Mella, Villena, Guiteras, los cientos de jóvenes que derrocaron a Machado y que años después solidarios viajaran a España a combatir por la República, o que se enrolaran en los ejércitos aliados para derrotar al fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, son los mismos que acompañando a la Generación del Centenario reivindicaron la memoria del Apóstol atacando el Moncada, desembarcando en el Granma, y realizando una de las revoluciones más puras, independientes, soberanas, solidarias y antimperialista, que conoce la historia de la humanidad.
De todo ese caudal histórico bebió Fidel, quien en magistral análisis histórico, filosófico, político, social y cultural, sentenció en la velada solemne por el centenario del inicio de nuestras guerras de independencia, que la Revolución cubana era una, de Céspedes hasta entonces, la misma que continuamos construyendo las nuevas generaciones.
El 2018 debe convertirse en un año de reflexiones desde la historia; reflexiones que nos lleven a mirar el futuro desde las perspectivas de las lecciones que hemos aprendido de la historia. Fidel, cespedista y martiano, nos alertó de las apetencias imperiales, y del peligro, amenazas y pretensiones hegemónicas que tenía sobre Cuba. El enemigo sigue ahí. No ha cambiado sus ideas de dominación. Nuestro pueblo sigue aquí. No ha cambiado no cambiará, sus convicciones soberanas, solidarias y antimperialistas.
Céspedes, Martí, Gómez, Maceo, Mella, Guiteras y Fidel nos iluminan. Nuestro pueblo continúa vistiendo el uniforme mambí.
En Santa Ifigenia se encuentran ahora juntos los iniciadores de nuestras gestas libertarias: Carlos Manuel de Céspedes, José Martí y Fidel Castro, con la Madre de todos los cubanos, Mariana Grajales. Los panteones de Céspedes y Mariana fueron trasladados intactos desde el sitio donde se encontraban en el propio cementerio, mientras que se suma al conjunto una escultura de Mariana en bronce, de Alberto Lescay
La escultura de Mariana Grajales creada por Alberto Lescay. Foto: Eduardo Palomares
Monumento funerario de la madre de los Maceo. Foto: Eduardo Palomares
El Héroe Nacional José Martí descansa en este conjunto funerario; allí sus restos reposan en una urna situada sobre tierra de todos los países de Nuestra América y que está coronada por una bandera cubana.Foto: Eduardo Palomares
El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, líder histórico de la Revolución, se unió para siempre a esta pléyade de héroes el 4 de diciembre del 2016.Foto: Eduardo Palomares
La voluntad de este pueblo de continuar su historia
En Santa Ifigenia se encuentran ahora juntos los iniciadores de nuestras gestas libertarias: Carlos Manuel de Céspedes, José Martí y Fidel Castro, con la Madre de todos los cubanos, Mariana Grajales. Los panteones de Céspedes y Mariana fueron trasladados intactos desde el sitio donde se encontraban en el propio cementerio, mientras que se suma al conjunto una escultura de Mariana en bronce, de Alberto Lescay
La escultura de Mariana Grajales creada por Alberto Lescay. Foto: Eduardo Palomares
Monumento funerario de la madre de los Maceo. Foto: Eduardo Palomares
El Héroe Nacional José Martí descansa en este conjunto funerario; allí sus restos reposan en una urna situada sobre tierra de todos los países de Nuestra América y que está coronada por una bandera cubana.Foto: Eduardo Palomares
El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, líder histórico de la Revolución, se unió para siempre a esta pléyade de héroes el 4 de diciembre del 2016.Foto: Eduardo Palomares
El Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros general de Ejército Raúl Castro Ruz, presidio el acto político y ceremonia militar de inhumación de los restos del Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes y Mariana Grajales, la madre de los Maceos en el cementerio patrimonial de Santa Ifigenia en la ciudad de Santiago de Cuba, en ocasión del aniversario 149 del inicio de las Guerras de Independencia en Cuba.
Raúl realizo la última guardia de honor a los próceres de la Independencia, así como también rindió tributo al Héroe Nacional José Martí y al Líder Histórico de la Revolución el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, y a los combatientes de los asaltaos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.
El presidente Brahin Ghali, rinde homenaje a Fidel Castro ante el monolito que atesora sus cenizas en el cementerio Santa Ifigenia. Foto: Carlos Sanabia
El Presidente de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) Brahim Ghali, rindió homenaje al Héroe Nacional de Cuba José Martí y al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro, tras su llegada esta mañana a Santiago de Cuba, donde fue recibido por la integrante del Comité Central del Partido, Beatriz Johnson, presidenta del gobierno en la provincia.
“Con todo respeto y consideración nos inclinamos ante dos héroes cubanos”, dijo el también Jefe del Frente Polisario en el cementerio patrimonial “Santa Ifigenia”, tras rendir tributo al apóstol de la independencia de Cuba y al creador de la Revolución Cubana, frente al sitio donde reposan sus restos.
“Es ese el respeto y consideración que todo nuestro pueblo le tiene a Cuba, a sus líderes, a su Partido Comunista y a su pueblo que han sabido desafiar el bloque y las propias adversidades de la naturaleza; nuestras felicitaciones al pueblo cubano con el que estaremos juntos en la lucha contra nuestros adversarios; y caminaremos juntos hasta la victoria siempre”.
Tras el homenaje a Martí y Fidel en el cementerio “Santa Ifigenia”, el Presidente Brahim Ghali visitó la histórica Granjita de Siboney, el antiguo cuartel Moncada, la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, el otrora ayuntamiento, actual sede la Asamblea Municipal del Poder Popular y finalizó con un encuentro en la Universidad de Ciencias Médicas, con estudiantes de su país que cursan carreras universitarias en las cinco provincias orientales.
El Presidente Saharaui destacó en el cementerio Santa Ifigenia el respeto y admiración de su pueblo poe Cuba y sus héroes. Foto: Carlos Sanabia
Visita el presidente de la República Árabe Saharaui Democrática la Granjita Siboney en comopañia de Beatriz Jonson, presidenta del gobierno en Santiago de Cuba. Foto: Carlos Sanabia
El Presidente Brahin Ghali, junto a la Presidente del Gobierno en Santiago de Cuba en su visita a la Granjiota Siboney.Foto: Carlos Sanabia
El Presidente Brahin Ghali observa el pozo de la Granjita de Siboney donde fueron guardadas las armas para el asalto al Cuartel Moncada. Foto: Carlos
Como tributo eterno al Héroe Nacional de Cuba, José Martí y al Comandante en Jefe Fidel Castro, miles de antorchas se iluminaron este viernes en la tradicional Marcha que partió desde la escalinata de la Universidad de La Habana hasta la Fragua Martiana.
El presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, General de Ejército Raúl Castro Ruz presidió la histórica peregrinación que saluda además el aniversario 55 de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC).
Presentes además junto a los jóvenes y el pueblo cubano el primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, el segundo secretario del Comité Central del Partido y vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, José Ramón Machado Ventura, el miembro del Buró Político, Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez; la Miembro del Buró Político y secretaria del Partido en La Habana, Mercedes López Acea, la Primera Secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), Suselys Morffa González, la presidenta de la Federación Estudiantil Universitaria, Jennifer Bello, entre otros dirigentes del Partido, el Gobierno, las organizaciones políticas y de masas.
Poco después de las diez de la noche miles de jóvenes, universitarios, niños, mujeres, dirigentes se unieron no solo para rendir tributo al Apóstol en el 164 aniversario de su natalicio, sino también para recordar al Líder histórico de la Revolución cubana, incansable discípulo de las ideas de Martí.
Antes de iniciar la marcha fue depositada una ofrenda floral en el nicho que guarda los restos mortales del líder estudiantil Julio Antonio Mella y se escucharon las vibrantes palabras de Fidel sobre el compromiso que tenemos los cubanos con las ideas de Martí.
Una vez en la Fragua Martiana, el presidente cubano y la dirigente juvenil depositaron una ofrenda floral al Maestro como tributo solemne.
Tal como aconteciera hace 64 años aquel 28 de enero de 1957, cuando la Generación del Centenario encendió sus antorchas, los jóvenes de estos tiempos también hicieron brotar el fervor revolucionario en defensa de nuestra soberanía.
La América del Norte “va de más a menos”. Así escribía José Martí a finales de 1890 en obvia alusión a Estados Unidos
Autor: Pedro Pablo Rodríguez | internet@granma.cu
18 de mayo de 2016 21:05:00
Clasif:Martí, José-Muerte 19 de Mayo de 1895 Foto Archivo. Publicado en Granma EFEME 19/05/2000 Mart0058
Antes de morir el 19 de mayo de 1895, José Martí comprendió la necesidad de la independencia de Cuba y de frenar las intenciones de expansión de los Estados Unidos. Foto: Ilustración de archivo
La América del Norte “va de más a menos”. Así escribía José Martí a finales de 1890 en obvia alusión a Estados Unidos, al mismo tiempo que decía que nuestra América iba “de menos a más”. Interesante esa comparación en un texto dedicado a buscar la clave del enigma de Latinoamérica, por lo que sometía a nuestros países a una aguda crítica de sus basamentos histórico-sociales. Se trata, como muchos recordarán, de Nuestra América, publicado el primero de enero de 1891.
No es casual que en este ensayo, al advertir que “el desdén del vecino formidable” —ya con claras intenciones expansionistas hacia el sur del continente—, era “el peligro mayor de nuestra América”, Martí indique además las razones que impulsaban tal peligro en aquel momento finisecular: se vivía en Estados Unidos —nos dice el Maestro— la “hora del desenfreno y la ambición”, a que pudiera ser lanzado ese vecino “por sus masas vengativas y sórdidas”, por “la tradición de conquista” y por “el interés de un caudillo hábil”. Y aunque no deja de notar cierta esperanza de que a tal hora no se llegue “por el predominio de lo más puro de su sangre”, es más que evidente su extrema preocupación porque, como dice líneas más adelante en ese mismo escrito, “el día de la visita está próximo”.
Los tres motores señalados por Martí de ese posible y cercano movimiento contra la soberanía de nuestra América evidencian la hondura sociológica y la sagacidad política del Maestro: reconoce que hay sectores de la población deseosos de la acción conquistadora, seguidores de una tradición forjada a lo largo del siglo XIX y promovida por James G. Blaine, el caudillo hábil del Partido Republicano, entonces secretario de Estado y organizador de la Conferencia de Washington que había pretendido establecer la hegemonía estadounidense sobre el sur del continente.
En estos juicios son inseparables las perspectivas del político ya decidido a cortar, mediante la independencia de Cuba y de Puerto Rico, ese camino dominador de Estados Unidos hacia el sur, de las miradas del polifacético analista que se había dedicado desde 1880 a escudriñar cuidadosa y metódicamente en la realidad del vecino norteño.
Sabemos que desde sus años juveniles en España, Martí rechazó a la sociedad norteamericana como modelo de la cubana —y de hecho de la latinoamericana toda— dada su naturaleza histórico-social diferente y sus marcadas corrupción y metalificación. Años después, su primer acercamiento público a Estados Unidos ajustó un leal reconocimiento al mayor ejercicio allí de las libertades —algo infrecuente por esa época en el mundo moderno— al señalamiento al mismo tiempo de la mercantilización que allí se imponía como un modo de vida, como una cultura, lo cual hacía dudosas esas libertades.
“Medida y número; estos son aquí los elementos de la grandeza”. Así escribía en 1880 para los lectores del semanario neoyorquino The Hour, a quienes advertía en el mismo texto que “El poder material, como el de Cartago, si crece rápidamente, rápidamente declina”, a la vez que les llamaba a moderar y dignificar “el amor a la riqueza con la benevolencia hacia los hombres, la pasión por cuanto es grande, y la devoción por todo lo que signifique sacrificio y gloria”.
El joven revolucionario cubano sigue entonces, con el debido tacto hacia su público estadounidense, los puntos de partida de la fuerte crítica en su cuaderno de apuntes de sus años estudiantiles en Madrid: el rechazo al mercantilismo desenfrenado desde una postura marcadamente ética.
Las Escenas norteamericanas, ese gran periodismo entre 1882 y 1892, muestran el arduo proceso cognoscitivo martiano acerca de Estados Unidos, y en ellas podemos apreciar cómo su apresamiento de aquella sociedad fue conformando un sólido análisis que sostendría sus opiniones en un hondo contenido sociológico e histórico. Tal proceso se expresó también en la propia maduración de su idea de la unidad de nuestra América para afrontar el peligro de la dominación estadounidense, como reitera, sobre todo, en más de uno de sus textos para el mensuario La América entre 1883 y 1884.
Momento especial en ese camino iría ocurriendo a partir de 1884, destacadamente desde 1886, con motivo del auge por esos años de las luchas sociales en Estados Unidos. Varios aspectos de esos choques entre clases y diversos sectores de la sociedad atraerían su atención y darían pie a algunas precisiones y rectificaciones de sus juicios sobre aquel país.
Los más llamativos resultan las luchas obreras por mejoras salariales, la disminución de las jornadas de trabajo que solían sobrepasar las 12 horas diarias, y contra la violenta represión que sufrían sus protestas; las demandas de las mujeres por la ampliación de sus posibilidades de empleo y el derecho a ejercer el voto y a ser electas para cargos públicos; la violencia y la discriminación racial contra los negros; la discriminación y la deportación de inmigrantes de varias nacionalidades; y la política genocida contra los pueblos originarios.
La revisión detallada de las crónicas martianas evidencia que cada uno de estos asuntos se convierte por esos años en todo un tema de nuestro autor, quien no deja a veces de ofrecer las conexiones entre ellos. Así, por ejemplo, cuando nos habla de Lucy Parsons, la viuda de uno de los anarquistas ejecutados por los sucesos de Chicago, nos entrega a una mujer que no se limita a su condición femenina y que es una luchadora contra el capitalismo, además de una mestiza seguramente a menudo discriminada por ello, como Martí nos deja entrever. O nos entrega un discurso acerca de la mujer obrera, inmigrante en muchos casos, sometida a la triple marginación por mujer, por asalariada y por inmigrante. O condena el empleo de la despiadada violencia que conduce a numerosas muertes contra obreros, negros, indígenas o inmigrantes chinos.
Todos estos casos, y muchos más, ensombrecieron el panorama de rápido crecimiento poblacional, de veloz empuje de la industria, de enriquecimiento acelerado de la burguesía y de aparición de los primeros monopolios productivos asociados al capital bancario. La lucha contra la voluntad hegemónica de ese sector que surgía apresuradamente fue larga, y en ella se enrolaron los granjeros y hasta sectores del capital de libre concurrencia, y se prolongó hasta entrado el siglo XX, cuando aún se aprobaron leyes antitrusts. En los tiempos de Martí, aparecieron nuevas agrupaciones políticas que desafiaron a las camarillas de los dos partidos tradicionales y que parecían poner en peligro el bipartidismo.
La voluntad martiana de acercarse e interpretar las necesidades de los sectores más reprimidos le llevó a concederle más espacio al tema posiblemente más abarcador y de similar presencia significativa en las otras sociedades industriales europeas: las luchas obreras, el enfrentamiento entre el capital y el trabajo, el conflicto de clases que por entonces era llamado el problema social. La huelgas de los trabajadores mineros, ferrocarrileros y de la industria alimentaria caracterizaron esa polarización social en los Estados Unidos de los años 80, zonas todas de avanzada en la embestida formadora del capital monopolístico.
Es claro que la sensibilidad martiana no podía quedar impávida ante las balaceras, golpizas y prisiones a los huelguistas, aunque más de una vez objetase el uso de la violencia por parte de los obreros. Era frecuente, desde sus primeras Escenas norteamericanas, que Martí atribuyese a los obreros venidos de Europa la responsabilidad por los actos violentos cometidos durante esa pelea social, y que su juicio negativo se dirigiera particularmente contra los anarquistas, presentados habitualmente como comisores de acciones terroristas y de atentados contra las autoridades de los estados.
Sin embargo, el largo proceso contra los llamados anarquistas de Chicago, tema de cerca de una veintena de sus crónicas entre 1884 y 1886, permitió un cambio de perspectiva en Martí. Inicialmente, el cubano se hizo eco de la culpabilidad de los detenidos como autores de la bomba que dio muerte a varios policías; lo cual cambiaría al conocer que aquella fue una provocación bien planeada y ejecutada para mover la ira popular contra aquellos y propinarle un golpe demoledor a las combativas organizaciones obreras y a sus dirigentes.
Al analizar el problema social recuerda cómo mientras el inmigrante hallaba tierra ancha y vida republicana, y se podía ganar el pan y se preparaba para la vejez, las teorías revolucionarias del obrero europeo no hallaban espacio en Estados Unidos. Pero, añade, “de una apacible aldea pasmosa se convirtió la república en una monarquía disimulada”. Y eso condujo a que los inmigrantes europeos encontraran en Estados Unidos los males que creían haber dejado atrás y a que los trabajadores quisieran ver la libertad en lo social tanto como en lo político. Y entonces sufren la represión del dueño, del juez, del policía. Por eso ponen esperanzas en el anarquismo. Y continúa Martí: “No comprenden [los obreros] que ellos [dueño, juez y policía] son mera rueda del engranaje social, y hay que cambiar, para que ellas cambien, todo el engranaje”. Luego, el asunto era más complejo: no se trataba de afrontar una parte sino el todo, la sociedad en su conjunto. Así, su crítica va más a fondo para plantearse, nada más y nada menos, que la necesidad de un cambio social.
El tono dramático y la crudeza de la descripción de la muerte de los anarquistas ahorcados en su última crónica al respecto, titulada Un drama terrible, en la versión para el diario La Nación, de Buenos Aires, contribuyen decisivamente a que esa extensa crónica deje una impresión favorable hacia aquellos y evidencie el crimen cometido con ellos. En dos palabras: desde entonces quedó claro que Martí puso de manifiesto la lucha de clases al interior de la sociedad estadounidense y que ello contribuyó decisivamente a radicalizar su crítica para situarla en un franco rechazo a la polarización social, como parte esencial de los cambios hacia una república imperial, cada vez menos democrática y francamente expansionista en el plano territorial y hegemonista sobre nuestra América.
*Investigador del Centro de Estudios Martianos. Miembro de Número de la Academia de Historia de Cuba.